Guía de Historia de la Cultura Nacional

UNIVERSIDAD DE MANAGUA
(U de M)
El más alto nivel.

Msc. Victoriano Caballero Tórrez.

Guía de Historia de la Cultura Nacional.

1 – ¿Qué es cultura?

2 – Mencione algunas de las definiciones de la cultura.

3 – ¿Por qué la cultura se considera un proceso humano histórico que se aprende y se transmite, se comunica y se enseña?

4 – ¿Cuáles son los niveles que existen en el desarrollo cultural históricamente?

5 – Mencione otras categorías de las culturas y explique cada una de ellas.

6 – ¿En cuántos períodos está dada la historia de la cultura nacional?

7 – ¿Cuál es el acontecimiento que ocurre en 1976 que hace tener una referencia de nuestra historia antigua?

8 – ¿Qué se entiende por pueblo indígena?

9 – ¿Cuál es el origen de los Chorotegas?

10 – ¿Quiénes son los creoles?

11 – Mencione cuatro características de los Garífunas.

12 – ¿Dónde viven y de donde provienen los Miskitos?

13 – ¿Qué acontecimiento importante sucede con los Mayagnas durante la época colonial?

14- ¿Qué relación puede hacer de la cultura de los Ramas con el agua?

15 – ¿ Cómo es la agricultura de los Mayagnas?

16 – ¿Dónde se localizan los Ramas y de cuánto se calcula su población?

17 – ¿A qué obedece el nombre de los Nicarao?

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en Guía de Historia de la Cultura Nacional

Anuncio importante

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en Anuncio importante

Manual

Publicado en Sociologia | Comentarios desactivados en Manual

Expresión Oral

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en Expresión Oral

Por los Caminos van los Campesinos

Por los caminos
van los campesinos

La primera edición de esta obra trata la siguiente presentación:
“Por los Caminos van los Campesinos” de Pablo Antonio
Cuadra fue escrita con la intención de hacerse representar como
“teatro callejero” en los atrios y en las esquinas de las ciudades y
aldeas, para llevar al pueblo un mensaje de rebeldía contra la rutina
política que imponía, en ciclos devastadores, revoluciones y
gobiernos, gobiernos y revoluciones, sin otra consecuencia humana
y nacional que el cambio de personas arriba y la matanza, la
miseria y la destrucción abajo. No se pudo darle este tipo de representación
popular, y la obra subió a las tablas en febrero de
1937 obteniendo fulminante éxito y logrando representaciones en
todo el país y aun en otras capitales de Centro América. El actor
nacional Adán Castillo convirtió al “Sebastiano” en un personaje
popular que recorrió la república como un mensaje de paz y de
esperanza, pero también de rebeldía.
Sin embargo, el verdadero protagonista de “Por los Caminos
van los Campesinos. . .” es el rancho. Ese rancho nómada, obligado
a trasladarse, a moverse hacia la lejanía y el abandono como un
“buey manso”; el rancho del campesino que va quedando vacío
por las guerras, por las intervenciones, por las revoluciones y la
miseria y se va poniendo cenizo de vejez y muerte — simbolizando
la tragedia y la angustia de miles de familias de las aldeas y campos
nicaragüenses.
El doctorcito leguleyo cuyo nombre tiene una resonancia de
pacto con el diablo —el doctor Fausto Montes— queda en la obra
como El Mal, con mayúscula, encarnación de lo que el pueblo llama
“la Tuerce”, y muere. Sobre él cae el filo del machete, pero
su semilla no perece en la sangre, el Mal persiste y la obra sólo pa
rece presagiar una parcial victoria en la esperanza que el autor deja
entrever al final, al iniciarse la luz del alba, con el “nacimiento
de un niño”. .. de “un hombre nuevo” y “limpio”. . .
El autor fue corrigiendo su obra a medida que se representaba
hasta lograr esta versión definitiva: “Traté, dice, de mantener
la lengua humedecida en el sabor vernáculo, pero sacándola siempre
hacia lo universal para la inteligencia de un problema que deja
de ser local en cuanto toca al hombre y resuena su dolor”.
“Por los Caminos van los Campesinos” , ha tenido hasta la
fecha cuatro ediciones nacionales y otras tantas internacionales
en la “Antología del Teatro Hispanoamericano” reunida por
Carlos Solórzano y publicada por la Editorial “Fondo de Cultura
Económica” de México. También ha sido adaptada para radio
y televisión.
Otras obras teatrales de Pablo Antonio Cuadra son: El Arbol
Seco —drama en 5 cuadros— estrenado en Granada en 1938.
Satanás entra en Escena —misterio en 4 cuadros— estrenado en
Granada, en Noviembre de 1938. Pastorela —paso de navidad
en verso y 3 cuadros— estrenada en Granada en 1941. El que
parpadea pierde —comedia en un acto y un intermedio— (trastorno
y aclimatación de la obra de Max Aub: “Espejo de Avaricia”)
estrenada en Octubre de 1942. La Cegua, inédita y sobre la
cual basó luego un guión cinematográfico del mismo nombre, premiado
en España, que fue llevado luego a la radio, y Máscaras exige
la vida. —comedia dramática en 3 actos— estrenada en Managua
en 1952″.

PERSONAJES
EL RANCHO, que es como una persona muda, que vive en todos
EL SEBASTIANO, con toda la tradición del campesino sufridor, cuidadoso
de sus raíces, franco, pero receloso y pensativo. Sencillo, fatalista
y de religiosidad medular.
LA JUANA, su mujer. Mestiza: fantaseosa. Deseando más. Con pájaros
en la cabeza pero ingenua y fiel. Palabrera y optimista.
PANCHO, el hijo mayor, soltero. Silencioso y reflexivo como el padre.
MARGARITO, el hijo menor, casado con la Rosa. Con e l carácter de la
madre.
LA ROSA, indita joven: mujer de Margarito, todavía un poco indefini-.
da.
SOLEDAD: la hija menor (16 ó 17 años) temperamental. Nerviosa. Ingenua.
Impulsiva. Trigueña. Muy bella en su tipo.
EL DOCTOR FAUSTO MONTES: abogadito del pueblo que se hace
personaje con malas artes. Es el poder —el Poder— de la malicia contra
la inocencia.
EL COMANDANTE: Teniente Comfort, USMC.— Oficial de la Marina
de la Intervención.
TELEGRAFISTA (gordo); y
SOLDADOS CONSERVADORES Y LIBERALES
EPOCA: De las guerras civiles y de la Intervención yanqui en Nicaragua
(alrededor de 192..)
VESTUARIO: Tipico del campesino nicaragüense.

CUADRO PRIMERO
Una huerta nicaragüense.
Al fondo, lomas y serranías verdes y azules.
Un árbol alto. Qu izás pájaros.
Al pie del árbol —como debajo de un ángel verde—
está el RANCHO de paja de Sebastiano.
Su presencia, según las horas y su luz, es como la presencia
de la pobreza: humilde a veces, peinado por la paz y
sus brisas; dolorosa otras. Rasgado por cóleras encendidas:
cárdeno.
A veces cenizo, macilento, como el templo de la miseria
bajo la luna.
El rancho es un personaje que se alegra o llora, que
encierra el odio o deja escapar la queja como un viejo
animal famélico.
Alrededor del RANCHO: taburetes, “patas de gallina”,
enseres campesinos. El molejón, la piedra de moler,
etc.

Ultimas horas de la mañana. Mayo. (Se levanta el
telón oyéndose la gente que vuelve al RANCHO en habladeras.
Primero aparece la perrita negra, agitada, la lengua de
fuera, pero feliz .de llegar. Luego Margarito, con su mujer: la
Rosa, en risas. Detrás la Juana con su mecapal cargado. Después
Sebastiano, con su machete al brazo. Un tiempo después
Pancho, sudoroso. Entran por la derecha donde se supone
pasa el camino al pueblo).
MARGARITO.— Entrando en risa con la Rosa. Lleva
una guitarra en la mano. —Yo creo que es buena la guita–
rra! ¡Tiene buena voz!… ¡Me hacía ilusión tenerlal… Y como
me dijo el viejo Chano: aprendé a tocar a tu mujer tocando
guitarra… ja! (risa ingenua).
ROSA. — que trae una alforja y la pone en un taburete.
Riendo.— ¡Alguna maldad tenía que decir el viejo guanaco!…
(ríe).
MARGARITO.— Estuvo chistoso el viejo!… Lo re-
cantando y dándole a la guitarra como en broma: meda
El pobre es un desgraciado
por causa de su pobreza.
Si al pobre lo ven postrado
ya dicen que es por pereza.
Si toma un trago, es picado
y si no torna, torpeza.
Si lleva pisto es robado
pero si pide prestado
le dicen que es sinverguenza!
Se ríen.

ROSA.— Después de reír con ganas mientras saca cosas
de la alforja.— ¿Y qué fué lo que te contó de un viejo
calvo? No lo oí bien por ponerle cuidado a la señora Justa…!
MARGARITO.— Una conseja… Es que estaban diciendo
que ya estalló la guerra. Que van a empezar a reclutar.
¡Sonseras de los liberales! Y ñor Chano salió con
su cuento… ¿Así no es él?… Para todo tiene un cuento!
ROSA.— con risa boba.— ¿Y qué contó?
MARGARITO.— se ríe— …que había un hombre entrecano
que tenía malos enredos con dos mujeres; pero resulta
que las dos lo querían a su modo. La una, como era
más muchacha, lo quería con el pelo negro. La otra, como
era más maciza, lo quería con el pelo blanco. Y todos los
días, la una le quitaba un pelito blanco, la otra le quitaba
un pelito negro. La una, un pelito blanco. La otra, un pelito
negro. ¡Hasta que lo dejaron calvo!
ROSA.— riéndose.— ¡Qué viejo sonso!
MARGARITO.— ¡Pues encajó bien el cuento, porque
dijo que así estaban dejando a Nicaragua los liberales y los
conservadores. ¡Cada uno le arranca su pelo!…
ROSA.— ¿No te digo que es ocurrente? Se ríe.
Entra Juana
JUANA.— entrando cargada con su mecapal— ¡Se
ve que están estrenando amores! (Descarga a la puerta del

rancho) ¡No han hecho más que reirse en todo el camino!
ROSA.— ¡Es que el viejo del mercado estuvo chistoso!
Se ríe sola.— ¿Verdad, Margaritó?… ¡Con su modo
guanaco! Se ríe.
JUANA.— ¡Y nosotros que fuimos donde el abogado
sólo a traer cóleral… ¡Las cosas del Sebastiano!… ¡Ahora
nos ha hecho un enredo…!
Entra Sebastiano
S EBASTIANO.— Entrando. Suspira.— ¡ Bueno!
¡Ya volvimos!
JUANA.— Le digo a los muchachos que ese Doctor
Fausto, que yo no sé para qué lo buscastes, nos está enredando
con el asunto!
SEBASTIANO.— ¿Y a qué otro iba a buscar? ¡Vea
qué cosas! ¡Me lo recomendó don Federico porque era
correligionario! ¡No me echés a mí la culpa!
JUANA.— ¡Pero nos está enredando! ¿Cómo vas
a creer que nos cobre otra vez, otros veinte pesos, cuando
nos dijo que sólo era la “incrición”?… ¡Ah!… y ahora nos
sale con que tal vez tengamos que pagar un impuesto.
Rosa, que ha estado atareada, entra al RANCHO.
SEBASTIANO.— Rebajando un poco y con voz inocente.—
¡No…! Pero el impuesto dijo que tal vez nos lo capeaba…

JUANA.— Así dijo con aquellos timbres; ¡y cuánto
nos cobró? ¡Ya le vamos a deber mis al abogado que lo
que cuesta la tierrita…!
Margarito está componiendo las cuerdas de la guitarra.
SEBASTIANO.— Yo no desconfié la primera vez
¿para qué mentir? Pero ya hoy sí le vi ganas de morder.
(Sentencioso:) ¡por eso estás hablando vos, porque yo te
dije: el abogado está sacando las uñas! ¡Y ahora te hacés
la prevenida!… Hasta te pusistes a reír, de pura creída, la
primera vez cuando te dijo que le dieras a la Soledad. ¡Vos
si sos inocente: creyéndole las intenciones! Porque sos ambiciosa.
¡no me vengás con cuentos!
JUANA.— ¿Y qué tiene de menos mi hija para que
no le guste a un abogado? ¡Vaya, pues!
SEBASTIANO.— Tiene de menos que es pobre. Es
del rancho; eso tiene.
JUANA.— Pero el rancho tiene sus tierras. ¡No te
pobretiés, sonso!
Entra Pancho, despacio, limpiándose el sudor,
con su alforja al hombro y su machete al brazo.
SEBASTIANO.— Irónico; a Pancho— : ¡Oí a tu máma!
¡Se le olvidan sus sudores!… Vé, Juaná: tu rancho es como
un buey manso. Trabaja con nosotros y se echa en la noche.
Pero apenas ladra la desgracia, el buey se espanta. Pensá en
las deudas, en las enfermedades; hasta en la muerte pensá,

porque eso es lo que arrea al rancho del campesino y lo espanta
de la tierra! ¿Dónde vivía mi táta? ¿No tuvo su rancho
en la calle del pueblo? ¿Y yo? ¿No viví allá, en las
lomas?… Y éstos (señala a sus hijos) ¿decime dónde?…
aD¿ qué epobcre lie dmura lae tie ra? Los ranchos de
los pobres van caminando cada vez más lejos…!
JUANA.— ¡Toda la vida salís con tus cosas! Bastantes
espinas tiene la piñuela para que le pongás agujas. ¡Está
como el cuento ése, de la revolución, que me venías contando!
¡Todo lo ves negro!… Lo que debés hacer es quitarle
tus papeles al abogado y buscar otro.
MARGARITO.— que ha estado oyendo con la guitarra
en la mano, irrumpe de pronto con una canción arrastrada,
volviendo a remedar la voz del viejo Chano:
El pobre es un desgraciado
por causa de su pobreza,
no le vale la listeza
si se mete en el Juzgado,
pues aunque tenga razón,
lo dejan sin pantalón
entre el Juez y el Abogado.
Se oye la risa de Rosa dentro del rancho.
JUANA .— a gritos—: ¡Déjate de cantos! ¡Hay que
arreglar ésto! Lo que deben hacer ustedes los hombres es
quitarle los papeles al abogado y buscarse otro!
PANCHO.— ¡La vaina es lo que va a cobrar!
Sale Rosa del Rancho

JUANA.— : Pues vendemos los dos chanchitos negros
que están bien gordos.
SEBASTIANO.— Yo no digo que no. Desde que salí
del pueblo he venido pensando en éso.
MARGARITO.— La Soledad quería uno de esos
chanchitos para el rezo de San Sebastiano.
JUANA.— repentinamente— : ¡Bueno, y la Soledad,
Panchó?
PANCHO.— mirando hacia el camino— : Venía conmigo,
pero se entretuvo con la Vicenta y la Teresa allí en el ceibo
viejo.
JUANA.— ¡Qué muchacha!
SEBASTIANO.— Seguro que venía con ese Pedro Rojas.
¡Ya anda muy despierta la Soledad!…
ROSA.— un poco aparte, pero interviniendo en la conversación,
mientras alista unas alforjas.— El Pedro no bajó
al pueblo, creo yo! ¿Le viste vos, Margaritó?
MARGARITO.— ¡Y si estaba, qué hay? ¡Ya se puso
mujer la Soledad; todos lo sabemos!
SEBASTIANO.— Está muy moderna entoavía para cargar
hijos. Que aprenda a vivir primero!
MARGARITO,— poniéndose en pie— : ¡Bueno, Rosa:
tenemos que irnos ya! ¡Meneáte! ¡Ve el sol por dónde está!

JUANA.— ¿Y no piensan volver a almorzar?
MARGARITO.— Como la Rosa va a ayudarle a la comadre
Jacinta en lo del bautizo, allí vamos a merendar. Volvemos
con la tarde.— A Pancho. — Panchó: dámele una vistada
a la milpa.
PANCHO.— ¡Es la que va mejor! ¡Está eloteando
que da gusto!
MARGARITO.— a Rosa, que se acerca y le cid las alforjas—:
¿Ya estás lista?
ROSA.— ¿Llevaré los elotes?
MARGARITO.— Impaciente. — ¡ Vamonós, vamonós!
¡Otro día se los llevás!… ¡Nos vemos, pues!
Salen los dos por la izquierda.
SEBASTIANO.— Le ha salido hacendosa la mujer a
Margarito.
JUANA.— ¡Y te acordás de aquella Petrona que le gustaba?
¡Esa era una mándría!
PANCHO.— ¡Buena es la Rosa!
SEBASTIANO.— a la Juana, malicioso.— ¡Pero nada
entoavía!… ¡Vos fuiste friendo y comiendo, Juaná! Se ríe.
JUANA.— medio apenada. Riendo. — ¡Con lo que sale
el viejo!

SEBASTIANO.— Es que en mi tiempo los hombres
éramos más hombres! ¡Yo me cargaba un saco de máiz al
golpe! ¿Te acordás…? Y cuando me picaba… era un toro
balando. (Se ríe solo). ¡No había hombre en todo ésto para
mil ¡Claro ahora estoy arruinado! ¡Los años!
Voz dentro de Soledad: — ¡Panchooó— (Se oye lejana).
S EBASTIANO.— ¡Ay viene la mariposa!
JUANA.— ¡Seguro que en carrera porque no tiene
cabida!
Entra Soledad a prisa, agitada.
SOLEDAD.— ¡Táta! ¡Pancho! ¡Vienen reclutando
por el camino!
JUANA.— ¡Alguna cosa debía inventar! ¿Dónde te
quedaste?
SOLEDAD.— ¡no máma! ¡Vienen! ¡Todos los hombres
de los ranchos iban corriendo al monte a esconderse!
Me vine a avisarles. ¡Que se escondan!
Sebastiano, agitado va hacia la derecha, mira, vuelve.
PANCHO.— ¿Ven? ¡Si yo ví que había movimiento
en el cabildo!
JUANA.— ¿No será el resguardo el que venía… por
algún bochinche?

SOLEDAD.— No! ¡Les digo que no! ¡Era la recluta!
¡Venían agarrando gente!
SEBASTIANO.— ¡Pues andate, Pancho: andate al chagüite,
por si acaso!
Pancho se mueve, indeciso.
JUANA.— ¡Corré! ¡Antes que vengan! ¿Venían cerca?
SOLEDAD.— ¡Sí! ¡Que se vaya ya! ¡Eran un montón
de soldados!
Pancho va a salir por la izquierda.
SEBASTIANO.— ¡Ve, Pancho! ¡Metete mejor en el
charrial del Espino Negro. Allí estate. Donde matamos el
mapachin la otra tarde. Allí no te encuentran!
JUANA.— ¡Y que no se mueva!
SEBASTIANO.— Si no hay nada, la Soledad te va a
avisar. ¡Llevate el machete!
JUANA.— ¡Pero corré!
Ya Pancho ha salido a prisa con su machete.
SOLEDAD.— ¡Al pobre Juan Centeno ya lo traían
amarrado! ¡Yo desde que ví que era la recluta salí en carrera!
SEBASTIANO.— ¿Y dónde estabas?

SOLEDAD.— Allí en el Ceibo viejo platicando con la
Vicenta.
JUANA.— ¡Pues era cierto lo que te dijeron de la revolución!
SEBASTIANO.— ¡Pero vos nunca me querés creer!
¡Yo te lo dije! ¡Te lo dije!… ¡Qué vaina son estas cosas!
SOLEDAD.— ¿Y vos, táta? ¿No te dá miedo que te
agarren?
SEBASTIANO.— ¿A mí? ¿Pa qué van a ocupar un
viejo cholenco?
(Voces dentro:) ¡Agarren a ése! ¡Por aquí! ¡Malespín!
Vaya por aquel lado! ¡No me deje a nadie!
Expectación en todos los del rancho.
Entra un grupo de soldados al mando de uno que parece
ser el jefe. Todos son soldados de caite, con salbeques,
rifles máuseres y divisas verdes en los sombreros de palma.
(Se supone que quedan más soldados y reclutas, hacia el
camino, a la derecha).
SARGENTO.— ¡A ver! ¿Quién vive aquí?
SEBASTIANO.— que se ha sentado y toma un aire de
víctima, haciéndose más viejo de lo que es: ¡El Sebastiano,
un pobre viejo con el lomo pelado de trabajar para estas
mujeres!…

SARGENTO.— ¿Y los muchachos?
SEBASTIANO.— ¡Sepa Dios dellos! Trabajan ajuera.
Cada uno coge su camino apenas despunta el día.
SARGENTO.— ¡Indio solapado! ¡Negando sus hijos
a la Patria! (Se vuelve y grita hacia el lado derecho). ¡Margarito
López!
Aparece por la derecha un soldado empujando a Margarito,
el cual viene amarrado de los codos. Rosa entra detrás,
silenciosa y angustiada, y se queda cerca de él.
SOLDADO lo.— ¡Aquí está!
SARGENTO.— ¿No lo conoce?
Susto y consternación de las mujeres.
SEBASTIANO.— ¡Ah, muchacho baboso! ¿Dónde te
agarraron?
MARGARITO.— Molesto y avergonzado. — ¡Ahí nomás!…
¡Yo qué sabía!
JUANA.— ¿Se van a llevar al muchacho? ¿No vé que
tiene mujer?
SARGENTO.— Burlándose, a los soldados:— ¡Oigan!
¡Sólo él tiene mujer! (A Juan:) Todos éstos tienen, pero la
guerra no pregunta.
SEBASTIANO.— El muchacho es mi ayuda. De sus

brazos comernos.
SARGENTO.— El gobierno necesita soldados. ¡Que
le ayuden las mujeres!
SOLDADO 2o.— ¿Nos llevamos un chancho para la
tropa, Sargento? Ahí tiene uno, gordo!
SARGENTO.— Muy solemne: — ¡Ya oyó las órdenes de
que Se respete la propiedad!
SOLDADO 2o.— Pero. veia, mi Sargento… usted le quita
lo bonito a la guerra. Nos quiere dejar sólo las balas.
SARGENTO.— más débil: — ¡Son órdenes del Gobierno!
(mirando tentado). ¿Cuál es el chancho?
SOLDADO 2o.— El gordito que estaba allí, a la entrada!
SOLDADO lo.— ¡Para los nacatamales, sargento!
SARGENTO. — con gran solemnidad legal.— ¡Raso Seguerra!
¡Requise el chancho y que el infrascrito pase su recibo
a la Comandancia! ¡El Gobierno respeta la propiedá!
JUANA.— furiosa: — ¡También se llevan el chancho!
¡Que ladrones! ¡No pueden coger un ri fl e sin que comience
la robadera!
El Soldado 2o. ha salido disparado a la captura del
chancho, por la derecha.

SARGENTO.— siempre solemne. — ¡No es robo. es
requisa! Respetamos la Constitución!
JUANA.— ¡Lo que no respetan es el sudor del pobre!
Entran dos soldados, por la izquierda.
SOLDADO 3o.— Entrando por la izquierda: – ¡Allí
no hay nadie! ¡Ya registramos!
SARGENTO.— ¡Bueno! ¡Vámonos! ¡Los reclutas
adelante!
MARGARITO.— comenzando a salir.— ¡Adiós, tata!
SEBASTIANO. — en voz baja a Margarito: — ¡No te
lerdiés! ¡Volvete al primer descuido!
MARGARITO. — dándose valor con una broma.—
¡Quien quita vuelva Coronel!
SEBASTIANO.— ¡Deja de carajadas! ¡Volvete! ¡La
guerra no es broma!
Un soldado lo empuja.
MARGARITO.— ¡Adiós, máma!
Va saliendo, y al pasar por donde Rosa —que le mira
llorosa— le hace un medio cariiio con la mano.
(FUERA:) — Salen todos. Se oyen los gruñidos del
chancho capturado. Gritos. ” ¡Viva el Partido Conservador!

¡Viva el Gobierno!”
JUANA.— a Rosa, que está de pie mirando y secándose
una y otra lágrima.— ¿Qué hacés ahí pasmada? ¿No ves
que se te llevan al hombre? ¡Cogé tu motete y seguilo! ¡La
mujer va detrás del hombre. Le va haciendo las tortillas, le
va dando la vida! Y si cae… ¡Ni quiera Dios! ¡Toco madera,
no vaya a traer mal agüero al muchacho!
ROSA.— llorosa.— ¿Si cae… qué?
SEBASTIANO.— ¿Pues, qué? Qué no sabés lo que es
la guerra para la mujer del pobre?
ROSA.— No… no sé… (Llora desconsoladamente).
Soledad llora también.
JUANA.— emocionada: — ¡No me saqués la ternura,
muchacha! ¡Andá! ¡Cogé tus cosas y seguilo por los caminos!
¡Es tu hombre!
ROSA.— Recoge, llorando en silencio, sus alforjas. Sale
despacio y ya para hacer mutis por la derecha, se vuelve y
con gesto ingenuo y amplio dice entre lágrimas:
— ¡Adiós, pues, toditos!
SEBASTIANO.— sacándose unos pesos del bolsillo, a
prisa, al ver que Rosa ha salido.— ¡ Rosa! (La alcanza y le dá
el dinero). ¡Tomá! ¡Llevá para la porroscal…… ¡Pobre muchachal…
Sale Rosa, por la derecha. Juana suelta el llanto.

SEBASTIANO.— con la voz anudada— ¡Juana! ¡Ahora
sos vos!
JUANA.— .Pero si soy su madre y me lo arrancan! (Llora
de espaldas).
SEBASTIANO.— Se sienta. Habla lento, como para consigo
mismo: — ¡pobre mijo!… ¿A qué va?… A aguantar
mando, a gastarse matando.., a mal dormir… a mal comer…
A volver con una herida.., si es que vuelve!…
JUANA.— reaccionando, brava: — ¡A mí se me raja el
corazón por mijo… pero no voy a pensar tus presentimientos!…
¿Qué estás diciendo? ¿Por qué no puede volver Coronel
como él dijo? ¡Margarito es hombre! ¡Dejate de estar
trayendo aves negras sobre el muchacho!
SEBASTIANO.— ¡Aves negras…! ¡Ah, qué Juana!…
Ahora voy a ser yo el que trae la tuerce!… ¡Si hablo es porque
yo sé de éso!…
JUANA.— revolviendo contra él su inquietud: — ¡Lo
decís por medroso!
SEBASTIANO.— indignándose gradualmente: — ¿Yo?…
¿Medroso el Sebastiano?… (levantándose la cotona y señalándose
el costado). ¿No tengo aquí en el costillar una huella
honda como pisada de mula?… Ahí me entró una bala
peleando. Porque yo pelié. Yo creí que con pelear iba a
componer la vida. Me hice ilusiones por baboso… Porque
así es uno muchacho: sale a saludar al sol con sombrero
de ceral… ¿Y todo para qué?… ¿Qué cambió en la tierra?
¡El mismo Sebastiano de siempre… el mismo suPOR

dor para comer!… y los que no sudan, los que nos echaron
a la muerte… los mismos siempre… los mismísimos
de antes! ¡Sebastiano en el rancho, éllos en la Capital!
Telón

CUADRO SEGUNDO
ESCENARIO: Está dividido por la mitad; la mitad
izquierda representa el teléfono público de “Catarina” y
la mitad derecha que al comienzo tiene bajado un pequeño
telón de boca que la cubre— el teléfono público de “La
Paz Centro”. Son pues, dos salas o cuartos, divididos por
una pared central. Los teléfonos de ambas salas públicas
están colocados en el anverso y reverso de esa pared
central, de tal modo que el público mire a los dos que se
comunican desde esos dos distantes pueblos, como que si
estuvieran frente a frente. Para mejor simbolizar la separación,
puede colocarse un poste esquemático de teléfono al
centro, coincidiendo con la pared divisora central, con los
alambres telefónicos distribuidos a ambos lados. La sala
del teléfono público de la izquierda tiene un rótulo: “CATA
RINA”, en letra grande; y abajo: “CENTRAL DE TELEFONOS”,
La de la derecha tiene también su rótulo:
“LA PAZ CENTRO. — TELEFONOS”. En la sala izquierda,
la de “Catarina”, hay una ventana con barrotes en la pared
de fondo. En el centro, también al fondo, una mesa
con su silla donde está la Central con su tablero y su auricular.
Al lado, un escaño para el público. En la sala derecha
de “La Paz Centro”, una puerta asequible a la derecha
y la pared del fondo, lisa y blanca. Sólo hay un escaño contra
la pared. No se ve a la Central. Y como se dijo anteriormente,
esta sala de la derecha tiene su propio telón que
se levanta ya comenzado el acto.
— Si se quiere evitar el pequeño telón de boca para
la sala del teléfono público de LA PAZ CENTRO—
de la derecha—úsese LUZ y SOMBRA, dejándola en tiniebla
al comienzo y al fin del cuadro conforme lo indica el texto.

Se levanta el telón y sólo está visible e iluminada la
Central de Teléfonos de la izquierda, del pueblo de Catarina.
Soledad, en primer término, de pie, recostada en la pared
de la izquierda, mirando hacia el proscenio donde se supone
es la calle. Sentado al fondo, de cara o de perfil al público
(según donde se coloque la mesa) está la Central; un
hombre del pueblo gordo, con el auricular puesto, metiendo
y sacando clavijas en un pequeño tablero telefónico que
tiene frente a sí, sobre la mesa. Un poco hacia la derecha
están sentados en el escaño de espera, la Juana y Sebastiano.
De pie, recostado, al fondo, en la pared divisoria, está Pancho
conversando con ellos. (La otra mitad del escenario está
oscura completamente o bien oculta por un telón parcial).
TELEFONISTA. — Que es un hombre muy gordo, moreno
y con una voz fuerte y sonora—a Juana:— ¡Sí, señora!
¡Ya sé! ¡Ya sé! ¡Estoy pidiendo! (Hablando a la bocina).
¡Aló, Managua! ¡Aló! ¿Managua? Conseguime la Paz. —La
Paz Centro. ¡Sí hombre! ¡La Paz! ¡Tengo rato de estarla
pidiendo!
PANCHO.— con sonrisa vaga.— ¡No me imagino a Margarito
Teniente! —Porque era medio inocente!… Se n’e.
JUANA.— ¡Andá con inocente!… ¡Malo era! ¿No te
acordás las mañas que tenía para enamorar a las muchachas?
— ¡Sí era hasta medio atrevido! (Pasando de pronto a otro tema…)
Y haciendo cuentas, Sebastianó: Ya la mujer de Mar,
garito debe estar próxima! ¡Contá: de la luna de Mayo a la
de Junio, a Julio, a Agosto, a Setiembre, a Octubre. Sebastiano
asiente. —Juana le dá un codazo en las costillas.— Ya
vas a ser agüelo!— Ríe.

SEBASTIANO.— moviendo la cabeza. — ¡Cómo atropella
el tiempo! ¡Qué hace que lo andabas al Margarito
prendido de la teta… y agora ata!!!
PANCHO.— sentencioso. — Margarito todo se lo ha comido
celeque. !Yo no!
SEBASTIANO.— sonriendo. A Juana: — ¡este es más
desconfiado! ¿Verdad, Panchó!. . . Al que come verde se le
quema la boca… ¡Pancho va con tiento!
JUANA.- a la defensiva. — ¡Indeciso es! ¡Como vos!…
Por eso nos está arruinando el abogado. ¡porque se dejan!…
El otro muchacho salió más hombre!
PANCHO.— ¡Más hombre…! ¡Oiga, táta! ¡Mi máma
siempre está con sus hombredades! Cree que hacer las cosas al
empujón eso es ser hombre! ¿A lo toro, pues?… Yo lo pienso.
¡El hombre es pensativo!
SEBASTIANO.— ¡Claro! ¡Eso es! ¡Pero… tu mama!
JUANA.— ¡Pero tu mama qué?… ¡Si no fuera por mí!
SEBASTIANO.— repitiendo, burlesco.— ¡Si no fuera
por mí! Se ríe.
PANCHO.— con más burla. Riéndose.— ¡Si no fuera
por mí! (gran risa).
JUANA.— haciéndose la brava.— ¡Ya se unieron los dos
hombres! ¿Y qué son, pues?… ¿Qué harían?…

TELEFONISTA.— callándola.— ¡ Phsss! ¡No deja oír!—
Aló. Sí hombre. Dame línea. Poneme el dos — cuatro.
JUANA.— peleando al telefonista.— ¡Qué dos — cuatro!
¡La Paz pedimos!
SEBASTIANO.— apoyándola.— ¡Nosotros queremos la
Paz!
TELEFONISTA.— ¡Ya lo sé! ¡Me lo han dicho mil veces!
—Aló!… Sí! ¡Dame líneal…
JUANA.— ¡De eso nos quejamos! ¡Tenemos un siglo
de estar pidiendo la Paz! ¡Nos llamó mi hijo, que es Teniente!
SEBASTIANO.— ¡Es mucha dilación! ¡El muchacho
tiene sus obligaciones!… ¡Es teniente!
TELEFONISTA.— atendiendo al teléfono y al diálogo
con dos tonos de voz. — ¡Teniente…! ¡Aló!… ¡Teniente de
caite!… ¿Cómo?… Con la Paz, sí. Dame líneal… ¡Si Margarito
es Teniente yo soy Generan… Se ríe burlesco.
JUANA.— picada. — ¡Pues lo es! ¡Y manda más que
usted aunque tenga esos tacos en los oídos!
telefonista se ríe. El
SEBASTIANO. — despreciativo y orgulloso.— ¡Dejalo
que se burle!
El está sentado en su silla, pero el muchacho anda volando
bala como hombre.

TELEFONISTA. — riéndose y sin hacerles caso.— …
¡Aló!… Poneme la Paz… Apurate!… Conseguí la línea de
campaña que aquí me están comiendo…
PANCHO.— en voz baja a Sebastiano:— Tata ¿le meto su
pijazo a ese gordo? Ya me está cayendo mal!
SEBASTIANO.— calmándolo con un gesto.— ¡No, hombre!
¡arruinas la comunicación! ¡Ahí dejalo! ¡Todo gordo es
rión!
Aparece por la derecha, el doctor Fausto Montes. Abogadito
de pueblo, regordete, de saco ajustado, color azul oscuro
y pantalón blanco pasado de moda. La corbata muy vieja
y anudada al cuelllo como un suplicio. Es un hombre que
da la impresión, inmediata, de insinceridad.
Se acerca rápidamente, reconoce a Soledad que está recostada
a la pared de la entrada de la sala de teléfonos, y le
habla con un modo inseguro que no se sabe si ya va a retirarse
o si va a seguir conversando.
DR. FAUSTO.— ¿ldeay, Cholita? ¿Por aquí vos?
SOLEDAD.— displicente —Sí, doctor Fausto. Esperando
una hablada.
DR. FAUSTO.— mira hacia el interior de la sala. — ¡Ah!
¡Andás con los viejos?
SOLEDAD.— Con ellos!
DR. FAUSTO. — (Siempre con gesto de pasar adelante).

… y cada día más bonita…!
SOLEDAD.— ¡Favor suyo, doctor!
DR. FAUSTO.— Ya me dijeron que estás jalando con…
¡Qué derecha que sos, Cholita! ¡Teniéndome a mí, te metes
con un pobre diablo!
SOLEDAD. — se encoge de hombros: — ¡No se meta
en lo que no le importa!
DR. FAUSTO.— Voy a pedir una comunicación… Pero
me gustaría verte y platicar un rato. ¿No te parece, Cholita?
Soledad se encoge de hombros.
Entra el Dr. Fausto, directamente hacia el telefonista,
fingiendo una actividad llena de urgencia y de importancia.
DR. FAUSTO.— al telefonista.— Macario, conseguime
con el Juzgado de Masaya. (A Sebastiano y familia:) Buenos
días! (E inmediatamente al telefonista:) Ve, quiero hacerte
una recomendación… Se inclina y le habla en voz baja.
JUANA.— A Sebastiano.— ¡Ahí está el Abogado! ¡Hablale!
SEBASTIANO.— Molesto.— Ya sé que esta. ¡Esperate!
JUANA.— Empujándolo con el codo. — ¡No seás entumido!
¡Decile las claridades!

SEBASTIANO.— ¡Pero esperate que acabe!
DR. FAUSTO. — Deja de hablar inclinado en voz baja y
dice al telefonista:— ¡Yo vengo dentro de un cuarto de hora!
¡pero, no te olvidés ! (Hace ademán de retirarse).
SEBASTIANO.— ¡Doctor! (Se pone de pie).
FAUSTO. — haciéndose el sorprendido — ¡Ah! ¿Qué
tal, Sebastián? ¡Tenía días de no verlo!
JUANA.— poniéndose también de pie. — Varias veces
hemos llegado a buscarlo, pero yo creo que lo niegan.
DR. FAUSTO.— No, señora. No puede ser. Es que
vivo muy ocupado. Lleguen por allá.
Trata de retirarse
SEBASTIANO.— cerrándole tímidamente el paso.— Es
que nosotros queremos acabar con el asuntito aquél. Ya lo
tiene muy entretenido…
FAUSTO.— siempre tratando de salir de ellos.— ¡Así
son todas las cosas legales! Van despacio.
JUANA.— Pues, tal vez, doctor. Pero, para hablar claro,
no estamos conformes!
DR. FAUSTO.— molesto: —Y qué quieren que haga yo?
SEBASTIANO.— con calma irritante. Reteniéndolo del
brazo.— ¡Eso ya lo hemos pensado… Primero le dimos tiem
po al tiempo. Tal vez, le decía yo a la Juana, al Doctor le
gusta llevar las cosas con calma. Pero ya son… (a Juana)
¡cuántos meses digiste que tenía la barriga de la Rosa?
JUANA.— Seis. Pancho se acerca y Soledad pone su
atención en el diálogo.
SEBASTIANO.— Más dos, ocho. Ocho meses! ¡Ni
que fuera la eternidad!… Por eso ya resolvimos. Nos devuelve
los papeles, doctor. Nada le obliga!
DR. FAUSTO.— Sulfurándose. — ¡Pues están muy equivocados!
¡porque yo no he puesto mi trabajo para que
otro se lleve la ganancia! ¡Esa es una injusticia!
JUANA .— calmosamente. — Le pagamos, Doctor.
¡Nadie se está negando!
SEBASTIANO.— ¡Bien dice la Juana! ¡Le pagamos!
Somos pobres, pero honrados!
DR. FAUSTO.— Con furia y buscando de nuevo salirse
de ellos.— ¡No acepto! ¡De ningún modo acepto!
¡Ustedes me han buscado a mí!
JUANA.— Brava. —Pues no somos ríos y podemos volvernos!
y ¿quiere que le diga? Ya nos han dicho que usted
nos está enredando!
DR. FAUSTO.— ¡Se siguen de las malas lenguas!…

Diálogo rápido in crescendo.
JUANA.— ¡No son malas lenguas!
DR. FAUSTO.— Y yo defendiendo sus intereses! ¡allí
tienen: yo nunca he querido cobrarles los recibos que usté
me firmó, pero si ustedes…
SEBASTIANO.— ¡Qué recibos! ¡yo no he firmado
recibos!
DR. FAUSTO.— ¡Sí, señor!
SEBASTIANO.— Le firmé los papeles para la “incrición”!
DR. FAUSTO.— Pues yo no sé! ¡Por allí salen unos
papeles suyos con una deuda que le van a comprometer la
tierra!
SEBASTIANO.— ¿Deuda? ¡Pero qué deuda, si yo
Simui- he pagado todo!
táneame
nte. JUANA.— Lo mismo que salen papeles, pueden salir
muertos!
DR. FAUSTO.— Esa es la honradez de ustedes! ¡No
quieren reconocer lo que deben!
SEBASTIANO.— ¡Pues somos honrados, pero usted es
un mentiroso!

Suena el timbre del teléfono.
JUANA.— ¡Usted es un ladrón!
DR. FAUSTO.— ¡Vea, Señora!
Suena el timbre.
TELEFONISTA.— gritando.— ¡Oiga, usted! ¡Al
teléfono!
SEBASTIANO.— No queremos que nos siga el asunto!
JUANA.— Ahora mismo vamos a ir a traer los papeles.
Vos, Pancho, vos vas con nosotros!
TELEFONISTA.— ¡Oiga! ¡La Paz! ¡Allí está La Paz!
PANCHO.— Y si no los entrega, se las ve conmigo!
FAUSTO.— Buscando irse, retrocediendo más; pero
amenazante— ¡eso lo veremos!
SEBASTIANO.— ¿Cómo que lo veremos? ¿Piensa
despojarnos? ¡Para eso tenemos un hijo Teniente peleando
por el gobierno!
PANCHO.— amenazando— ¡Vamos a ver si no entrega
los papeles!

Suena el teléfono.
FAUSTO.— retrocediendo y gritando— ¡Si usted se
atreve a hacerme algo, lo llevo a los tribunales!
JUANA.— ¿Cree que le dimos un hijo al gobierno
para que usted nos despoje?
TELEFONISTA.— a gritos: — ¡Llama la Paz! ¿Van a
oír o no? ¡Usted!
Sebastian o oye y se vuelve. El Doctor Fausto aprovecha
para salir—por la izquierda— y al pasar por donde Soledad,
esta le vuelve la cara haciendo mal gesto.
S EBASTIANO.— ¿conmigo?
TELEFONISTA.— ¿Y con quién ?… Van a cortar la
comunicación!… ¡Dése prisa!
SEBASTIANO.— Corriendo al teléfono, pero sin abandonar
el pleito— ¡Ahora mismo le vamos a quitar los papeles!
JUANA.— Acercándose al teléfono, pero todavía furiosa
— ¡ Es un bandido! ¡Ahora sale con que le debemos!
SEBASTIANO.— Hablando en el teléfono y siempre
con la atención en lo otro — A16! ¡Alá!… ¿Ah?…
PANCHO.— ¡Y conmigo no juega ese doctorcito!
SEBASTIANO.— A Pancho; mientras da vuelta al manubrio
del timbre del teléfono— ¡Pero vos no te vayás a

comprometer! (luego habla al teléfono) ¡Alá! ¿Qué?
JUANA.— ¿Ya está allí?
SEBASTIANO.— ¡Shssss!…
TELEFONISTA.— En su aparato— ¡Ayer! ¡La Paz!
¿Cómo? (A Sebastiano: ) ¡Hable duro!… (En su aparato)
¡Aló! ¡Aló!
SEBASTIANO. — Escuchando al teléfono con impaciencia…
— ¿Cómo?
JUANA.— ¿Se oye?
SEBASTIANO.— señalando al telefonista— ¡Lo que
se oye es a ese carajo con el aló!
TELEFONISTA.— a Sebastiano— ¡Ahí está! ¡Póngase
bien el escuchador!
SEBASTIANO.— ¿Y cómo quiere que lo agarre?…
Aló?… ¡Aquí no se oye ni juco!
TELEFONISTA.— da vuelta al timbre— ¡Aló! ¡Aló!…
¡A lo mejor cortaron por estar ustedes en el bochinche!
SEBASTIANO.— ¡Pero no ve que nos quiere robar
ese desgraciado?
JUANA.— ¡Lo que pasa es que esos chunches no sirven!
(señala el teléfono)

TELEFONISTA.— ¡Aló!… Sí. Sí. Aquí está la persona.
Sí; con Catarina… (A Sebastiano) ¡Ya comunican!
SEBASTIANO.— ¡Holal… ya, ya! ya oigo! (contento).
JUANA.— Iluminándose el rostro— ¡Es él?
Todos se apretujan alrededor del teléfono. Soledad
se acerca un poco, a la espectativa. Se ilumina o sube
el telón lentamente, en la sala de la derecha. Aparece Margarito
hablando en el teléfono. Lleva una gran faja con tiros
y una respetable pistola. Pantalón azul y cotona y en el sombrero
—que ahora es de paño— lleva la divisa verde. Con
cueras y caites.
En la banca del fondo está un soldado: pantalón azul,
cotona blanca, sombrero de palma con su divisa verde, una
chamarra roja terciada al hombro, salbe que y caites. El rifle
lo tiene acostado sobre sus piernas. Cuando Margarito
comienza a hablar, el Soldado POTOY enciende un puro.
POTOY tiene cara y quietud de ídolo.
MARGARITO.— ¡Hola, hola! ¿Con quién hablo?
SEBASTIANO.— ¡Alooó Margaritooooó! (A los demás,
feliz) ¡Es él! (Por teléfono) ¡Ya te oigo!… ¿Me oís
vos a mí?… ¿Sos vos, muchachó?
MARGARITO.— Sí, yo, ¿Y quién, pues?… ¡El Teniente
Margarito López!
SEBASTIANO.— deseando que le repitan— El qué?

MARGARITO.— con orgullo— ¡ El Teniente Margarito
López!
SEBASTIANO.— A Juana, riéndose de gozo— ¡ El
Teniente! (Por teléfono) ¿Es verdad, pues, que te hicieron
Teniente?
MARGARITO.— ¡Me ascendieron, tatal… ¡Soy ayudante
del Coronel Delgado!
SEBASTIANO.— En gritos al telefonista— ¡Ahí está,
usted! ¡Teniente y ayudante del Coronel Delgado! ¡Y
estaba de baboso!
Todos asienten orgullosos.
MARGARITO.— ¿Qué decís?
SEBASTIANO.— Es que el Central no quería creer!
(Se ríe complacido). Bueno, decime… (Vuelve a reirse en
babia). ¡Así es que sos vos, mijo!… Pues aquí está tu
máma. Estoy yo! Está Pancho! (Llama con la mano a Soledad)
y la Soledad también!… Trajimos hasta la Coscolina!
(Siempre riéndose busca con los ojos a la perra). (Se
pone serio y en voz distinta pregunta, rápido, a los suyos:)
¿Qué se hizo la perra? (Sigue al teléfono). ¡Toditos! ¡Casi
nos traemos el rancho. ( Vuelve a reirse ingenuamente).
MARGARITO.— que sonríe a la voz de su padre, dice
nostálgico: — ¿Y cómo está el Rancho?
SEBASTIANO.— ¿Y cómo querés?… Con los primeros
aguajes se puso alegre… Y ya tuvo chanchitos la chan
cha overa. ¡Todos se pegaron!
MARGARITO.— ¿Y mi mamá?
SEBASTIANO.— A Juana— ¡Pregunta por vos! (al
teléfono, riendo). ¡Si la vieras! ¡Se dejó venir con la cadena
de oro! (a Juana:) ¡Enseñásela! (Juana, riendo, se empina
y enseña la cadena a la bocina del teléfono. Mientras
tanto Sebastiano dice, ingenuo y contento:) ¡Está
hermosa la vieja!
MARGARITO.— Decile que me hace falta. ¿Y Pancho?
SEBASTIANO.— señalando a Pancho —Aquí está…!
Todavía suelto!… No lo agarran las mujeres!
MARGARITO.— Que ha mirado hacia el fondo y ve
al soldado de la banca echando nubes de humo con su puro.
Con voz arrogante: — ¡Raso Potoy! ¡No se fuma delante del
superior! ¡bote ese cabo!
El soldado Po toy tira por la puerta el puro con gesto
de inconformidad.
SEBASTIANO.— ¿Ah?… ¿Qué decís, muchachó?
¡No te entiendo!
MARGARITO.— fachendoso— ¡Estoy dando una orden!
¡Tengo que poner respeto en las filas!
SEBASTIANO.— a Juana, en voz baja y llena de complacencia
— ¡Está regañando a los soldados! ¡Lo oyeras!

JUANA.— ¡Mijo es de ñeque!
SEBASTIANO.— Decime, pues ¿estás bien?
MARGARITO.— Si, tata, con el favor de Dios! Siempre
llevo la Magnífica (se toca el cuello).
JUANA.— Preguntale por la Rosa.
SEBASTIANO.— ¡Ya se me olvidaba por el contento!…
Oíme! ¡No me has dicho nada de la Rosa! ¿Qué tal
está?
MARGARITO.— ¿La Rosa?… La gran bandida yo
creo que se me huyó con otro hombre!
SEBASTIANO.— ¿La Rosa?… ¡No me digás!… ¡Pero
si parecía una mosca muerta!
MARGARITO.— ¡Yo no sé si se huyó o si me la avanzaron!
¡Pero me las va a pagar!
SEBASTIANO.— Pero cómo fué?
MARGARITO.— Si eso es lo que está oscuro! Venía
conmigo cuando nos hicieron correr en Nagarote. ¡Fué un
revoltijo! Yo creí que la habían matado. Pero después me
dijeron que la habían visto de mujer de un leonés, con los
liberales!
JUANA.— impaciente— ¿Qué es lo que dice de la
Rosa?

SEBASTIANO.— rápido— Que se fué con otro carajo!
JUANA.— indignada— ¡Pues que la deje!… ¡Qué
ingratal… Decime vos, ¡que mujer!… yo siempre le ví
mala cara. Dcjame decirle…
SEBASTIANO.— Dice tu mama…
JUANA.— arrebatándole el escuchador que Sebastiano
no quiere soltar. Indignada: — ¡Digo que la dejés! ¡Esa mujer
es una ingratal. .. Pero, decime ¿no te venía muchacho?
MARGARITO.— ¡Sí, mama! Pero aunque así se la
levantaron!
JUANA.— Pues dejala. ¡Dejala! ¡No te merece esa
mujer!
Sebastiano le quita el escuchador.
MARGARITO.— ¿Dejarla? ¡No, máma! En cuanto
ataquemos la levanto de donde la encuentre! ¿Que se cree
que me voy a dejar requisar la mujer por el enemigo? ¡Se
vuelve! ¡Y la mecateo! ¡Ah, le pego porque le pego! ¡Va
a saber quién es el teniente Margarito López!
PANCHO.— a Soledad— Oí lo de Margarito! ¡y mi mama
queriendo que me case! ¡no me friegue! (escupe).
SEBASTIANO.— a Juana— ¿Qué decís vos? Dice que
la recoge pero que la malmata. Si le va a pegar que la re
coja ¿no te parece?
JUANA.— aceptando, no muy conforme— ¡Pero que
le dé una buena!
MARGARITO.— ¿Cómo?
SEBASTIANO.— Leñatealal… Pero ve, encajale bien
los palos. Acordate que está aliñada. ..y no vaya a ser un mal
suceso!
MARGARITO.— ¡Déjemela a mí, táta! ¡yo le conozco
el lomo!
PANCHO.— Pregúntele, táta, cómo es el cuento de que
penquearon a los liberales. Acuérdese que yo tengo una
apuesta con el compadre Moncho!
SEBASTIANO.— Of. Oí: dice Pancho que cómo es
la cosa de la penqueada que le diste a los liberales…?
MARGARITO.— ¿Ah? ¿No le estoy diciendo que nosotros
fuimos los penqueados?
SEBASTIANO.— incrédulo— ¿Vos?
MARGARITO.— Nos picaron la retaguardia y nos
corrimos! ¡Nos cocinaron con las máquinas, táta!
SEBASTIANO.— ¡Vea qué pendejo!… Y aquí estuvieron
repicando el triunfo! ¡Engañándolo a uno!
MARGARITO.— Yo no tuve la culpa! Le voy a contar
cómo fué. Fué que… (Mira al soldado que está en la banca
y le ordena de pronto:) ¡Raso Potoy: Váyase afuera que
voy a hablar un secreto militar! (Sale el Raso sumisamente)
(Al teléfono:) — Pues fué así: en lo que el enemigo nos estaba
atacando, el General se fué a ver con su queridita a la
hacienda Santa Clara. ¡Claro! ¡Nos metieron la gran mecateada!
SEBASTIANO.— ¡Decime vos! ¡Ese General no sirve
ni para…
Escena muy rápida hasta el final: se oyen balazos y
ruidos al lado derecho en “La Paz”. Diversas voces.
GRITOS.— “Vienen por la calle!” “¡Corran aquí!”
“¡Vuelen bala!” “¡No se dejen!” “¡Adentro!”
MARGARITO.— con el escuchador en la mano,
gritando hacia la puerta— ¿Qué pasa, Potoy?
SEBASTIANO.— ¿Cómo? ¿Qué decís?
Siguen los balazos, más cercanos. Se oyen carreras.
Cuerpos que caen. Nuevos gritos.
GRITOS.— ¡Tiren, Jodido! ¡Tiren! Un rostro que se
asoma a la puerta.— (Pálido, agitado) ¡Teniente, nos atacan!
(Se retira precipitadamente).
MARGARITO.— nervioso, indeciso— ¿Cómo?
SEBASTIANO.— ¡Aló! ¿Qué pasa? ¡Qué es el ruido?
¡No se oye!

MARGA RITO.— ¡No sé, táta ¡Están tirando!
Siguen los balazos.
Entra el raso Po toy, tambaleante, cogiéndose con una
mano el brazo que lleva herido en el hombro, manando sangre.
Se deja caer en la banca, con el rostro lleno de dolor.
Balazos— Gritos.
GRITOS.— Por la derecha! ¡Echense al suelo! ¡Vuelen
balas!
Otro rostro que se asoma a la puerta.
(Aterrado) ¡Corra, Teniente! ¡Están atacando!
Margarito vuela el teléfono. (Queda el escuchador
como un péndulo meciéndose).
Desenfunda su revólver. Siguen los tiros.
Gritos. Ayes de Po toy.
GRITOS.— ¡Adentro! ¡Viva León, Jodido! Alaridos
de guerra. ¡Viva el Partido Liberal!
Oscuridad o telón en la sala de la derecha, de
la Paz Centro.
Simultáneamente Sebastiano ha estado, lleno de
inquietud, llamando, golpeando el contacto, dándole al
timbre.

Todos agrupados a su alrededor se preguntan: “¿Que
ser?”… “Alguna avería en la línea”…
SEBASTIANO.— ¡Aló! ¡Aló!… ¡Hijo!… ¿Qué pasa?…
¡Margarito!… ¡Margarito!… (volviéndose al telefonista)
¡Central ¿qué pasa? ¡Cortaron el habla!
TELEFONISTA.— a gritos en su aparato— ¡Aló!
¡Aló la Paz! ¡La Paz!… ¿Qué pasa con la Paz?… ¿Qué pasa
con la Paz?…
cae el Telón.

CUADRO TERCERO
El mismo escenario del Cuadro Primero. Ha pasado
un mes. Ultimas horas de la tarde. Al final del cuadro la
luz es ya roja y luego violeta, y cae el telón con el sol.
Juana está terminando de moler las tortillas. Sebastiano,
sentado, rasguea perezosamente la guitarra.
JUANA.— No se hace con canciones el mundo!
SEBASTIANO.— que, distraídamente, con su puro en
la boca, ha estado tocando la guitarra se encoge de hombros—
¡No se hace!… ¡yo estoy mejorándolo! (se ríe burlesco.
Pausa..) ¿Sabés vos que yo no sueño nada? No soy como
vos! Le paso la mano a la música como soba la Soledad a
la perrita. Para suavisar un rato el tiempo. Pero no pretendo…!
JUANA.— ¿Me querés decir que yo soy pretensiosa?
SEBASTIANO.— ¡Huy! (Puja y luego escupe). ¡Eso
es! No querés que cante porque querés estar hablando de
lo que podemos hacer, de lo que podemos hacer, de lo que
podemos hacer… (hace la mímica de “dale-que-dale” con
las manos, burlesco… )con esa angina tuya por arreglar todo el
año desde la víspera. ¡Nadie te alcanza!
JUANA.— ¡Pues yo, sí! ¡Así me hizo Dios! ¡Y lo
que pienso lo digo! Para eso bebo agua bendita el Sábado
de Gloria para hablar sin tropiezo!
SEBASTIANO.— Se arrecuesta un poco, con dejadez
y hace un gesto amplio— ¿Vos ves que la sombra de los árboles
se va alargando con la tarde? ¿Lo ves? Pues los pensamientos
de los viejos así se alargan. Porque los campesinos
somos como los árboles. Cuando tenemos el sol temprano,
soñamos más de nuestro tamaño. Después, cuando ya podemos,
no soñamos; porque el sol nos mata la sombra. Pero
cuando ya es tarde volvemos a soñar. Entonces sí. Cuando
ya la sombra está para atrás… ¡Qué quisiera yo el sol de
mis buenos años, con lo que la vida me ha enseñado!
JUANA.— ¡Serías el mismo!
SEBASTIANO.— Pues, claro! 1E1 mismo! Pero hubiera
sido pobre sin engañarme. Lo malo son las ganas.
JUANA.— ¿Cómo las ganas?
SEBASTIANO.— Apasionándose con sus ideas— ¡Las
ganas que te sacan de tu pobreza para hacerte más pobre!
Las ganas de ser Alcalde cuando sos vecino. Las ganas de
tener un caballo de cien pesos cuando tenés un caballito
de veinte. Las ganas de tener la mujer de la revista que
pegás en la pared, cuando tenés la tuya en el tapesco! Las
ganas de beber… ¿Vos sabés por qué bebía yo? ¡Por las puras
ganas!… Esas ganas… ¡Bueno…! Vos no entendés porque
no sos hombre!.. , ganas no se sabe de qué. Ganas de ser muy
hombre… ganas… ganas de ser Dios… ¡carajo!
JUANA.— Y me decís a mí que soy pretensiosa!
SEBASTIANO.— Porque seguís con tu sombra sin fijarte
que ya es tarde. ¿Qué no entendés?… Estás soñando
con Margarito Coronel, con los vientos mejores que nos van
POR LOS CAMINOS VAN LOS CAMPESINOS 57
a soplar, con la plata que va a traer el muchacho… ya te
crees con la tienda del güegüence!… y yo que sólo pienso
en saber algo del Margarito… (Triste) ¡Que por lo menos
vuelva!
JUANA.— llora hasta estallar en llanto al final— ¿Y
vos crees que no llevo esa espina dentro? Vos crees que en
la noche no me despierta la angustia pensando si estará
muerto mi hijo; si no me estará necesitando herido en algún
monte?… Lo que pasa es que yo me hago mis sueños
y hablo y hablo para… (llora).
SEBASTIANO.— poniéndose de pie— ¡Mejor no me
lo hubieras dicho! yo sólo me detenía en pensarlo pero porque
estabas vos con tus cosas, con tu seguridad. “Si ella es
la madre”.., pensaba yo. Porque las madres tienen el oído
puesto en la sangre. ¡Y ahora me decís…!
JUANA.— secándose las lágrimas. Cortante y supersticiosa—
¡No he dicho nada! ¡No he dejado que se
metan los agüeros ni las apariencias! ¡Ni un soplo he dejado
que se me entre al corazón! ¡Aquí tengo a mi hijo… y toco
madera! (golpea el taburete)
SEBASTIANO.— Pero ¿no decís…?
JUANA.— No. Y no sigás hablando. Ninguna señal
tengo! (Reanuda su molienda). ¿No viste ahora que maté
la víbora dentro del rancho?… Cuando se mata bajo el techo
ya no dentra la tuerce…
SEBASTIANO.— afirmativo e ingenuo— Era “Castellana”;
mala víbora.

JUANA.— Pero la quebranté!
SEBASTIANO.— ¡Y dónde estaba?
JUANA.— ¡Y dónde, pues?… En tu guitarra!
SEBASTIANO.— alarmado— ¡Haciendo nido en
la boca de la guitarra? ¡y cómo no me lo avisaste? ¡No
ves que no debe tocarse el día en que la calentó la víbora
porque la música…
JUANA.— suspensa. Supersticiosa— ¡Qué trae?
SEBASTIANO.— desconsolado— ¡Invoca el mal,
mujer! Pausa. Desconcierto. Se Miran.
JUANA.— iAndá colgala en el clavo! Por dicha
sólo la estuviste traveseando!
SEBASTIANO.— Va al rancho a guardar la guitarra.
Mientras va, reza en voz baja —aunque no se k entiende
bien— y rápido, la oración “contra la sierpe”. Todavía
dentro del rancho se oye el ron-roneo de su voz
mientras Juana, afuera, muele— “Maldita sea la serpiente
que se arrastra recogiendo la saliva de los que nombran
a Dios sin respeto. El pie de la Virgen quebrante
su mal y recoja su veneno en el cáliz del apóstol San Juan
para el corazón de los perdidos y me libre a mí de daño.
Amén. Jesús”.
Entra Pancho por la derecha, con sus alforjas. Las
pone en un cajón, cerca del rancho y de Juana, medio de
espaldas al público y a Sebastiano.

Diálogo lento y lleno de pausas.
JUANA.— Aquí está el muchacho!
SEBASTIANO.— Sale del rancho. Lo mira y dice
como saludo: — ¿Ydiay?
PANCHO.— Abre la alforja sin volver a verlo— ¡ya fuí!
SEBASTIANO.— ¿Hablaste?
PANCHO.— sacando un paquetito de la alforja-
¡ Ujú! (afirmación como un quejido).
SEBASTIANO.— ¿Malo el asunto?
PANCHO. — afirma con la cabeza— Malo! (sigue sacando
cosas de la alforja).
SEBASTIANO, escupe— ¡También el Juez está de
espalda!
PANCHO.— ¡Ujú! (Pausa)… Ese juez ya está comprado.
JUANA.— impaciente— ¿Y qué dijo?
PANCHO.— Que el abogado tiene los papeles y que
eso nos pierde.
JUANA.— ¿Va a dejar que nos roben? ¡Qué gente
sin bautismo!

PANCHO.— Dice que él no puede hacer nada. Que
mejor arreglemos porque el Doctor Fausto tiene poder.
SEBASTIANO.— Y don Federico? ¿No te aconsejó
nada?
PANCHO.— siempre arreglando sus alforjas— Sí…
Que podemos pedir amparo.
SEBASTIANO.— Pero el amparo cuesta!
PANCHO.— con furia— ¿Quién ampara al pobre?
JUANA.— De valde dá uno su hijo! ¡Eso no lo toman
en cuenta…!
SEBASTIANO.— ¡Como ellos mandan!
PANCHO.— Sí. Pero ya eso se va a acabar! (se vuelve
con furia) ¡ya se anda levantando el pueblo por las sierras.
Ahora me lo dijeron. Y lo que voy a hacer es agarrar mi
rifle para cobrarme! (Pausa).
SEBASTIANO.— Si te diera eso el amparo yo te
diría: “andá cogelo”!
JUANA.— Cualquiera piensa como Pancho!
SEBASTIANO.— Lo que no rinde un hijo, no lo rinde
el otro, Juana!
PANCHO.— Se llevaron a mi hermano y ahora quieren
arrollar también con la tierra. Hasta el animal tiene su
POR LOS CAMINOS VAN LOS CAMPESINOS 61
medida cuando lo cargan!
Queda un silencio espeso.
Pausa.
SEBASTIANO.— ¿Y la Soledad?… No me gusta
que la coja la sombra en el camino…!
JUANA. — poniendo atención a algo—… ya debe de
venir… ¿No oís pasos?
Silencio atento.
Aparecen, por la derecha e izquierda tres o cuatro
soldados, mientras quedan otros que aún no se ven y que van
llegando por la derecha, cuyas voces se oyen a veces. Son
soldados por el nombre y por los rifles y las divisas rojas
que llevan en los sombreros, pero tienen un aspecto más
montaraz y sus trajes están más raídos y sucios que los de
los soldados del cuadro lo. Apuntan con sus rifles a los
tres del rancho.
PRIMER SOLDADO.— Apuntando— ¡No se muevan!
SEGUNDO SOLDADO.— Que ha entrado por la derecha.
Hace señas con la mano, llamando a los otros soldados
que vienen detrás y que aún no aparecen en escena—
¡ Aquí hay hombres! Un soldado tercero se encamina cautelosamente
a registrar el rancho.
PRIMER SOLDADO.— A Sebastiano— ¿Usted qué es?

SEBASTIANO.— ¿Y qué voy a ser?
PRIMER SOLDADO.— ¿Es rojo o verde?
SEBASTIANO.— A mis años los colores se despintan!
PRIMER SOLDADO.— ¡Queremos gente para la Revolución!
JUANA.— Sólo este hijo tenemos que es el que nos
mantiene. Somos pobres. Pero les podemos dar las tortillas
de la cena para que se ayuden.
SEBASTIANO.— Del chagüite les cortaría unos guineios,
pero ya va siendo noche.
SEGUNDO SOLDADO.— ¡Ya la tropa los anda cortando;
no se preocupe, viejo!
PRIMER SOLDADO.— Queremos hombres para caerle
al Gobierno. Vamos a botar a los Conservadores!
TERCER SOLDADO. — saliendo del rancho— Me
gusta la guitarra que tiene el viejo ahí!
JUANA.— ¿Cómo me gusta? ¿Qué se está creyendo?
CUARTO SOLDADO. — Entrando. Señala a Pancho
y a Sebastiano— ¿Son liberales éstos?
PRIMER SOLDADO.— ¡No dicen!
PANCHO.— Si buscan gente contra el Gobierno yo me
engancho!
SEBASTIANO.— Sorprendido y molesto— ¿Vas a pelear
por lo que no es tuyo?
SEGUNDO SOLDADO.— Déjelo, viejo! La guerra la
llevamos ganada!
PANCHO.— ¡Si, tata! Me voy con ellos. ¡Ya es
mucho aguantar!
CUARTO SOLDADO.— Hay que avisarle al Jefe que
aquí hay un voluntario!
TERCER SOLDADO.— ¡El Jefe anda medio rascado!
SEGUNDO SOLDADO.— Dirigiéndose a alguien que
aún no ha aparecido en escena; por la derecha— ¡Oi! ¡Petronio!
¡Que venga el Jefe! ¡Aquí hay un voluntario!
PRIMER SOLDADO.— ¡No grités, jodido! ¡Somos
clandestinos!
Voz dentro: ” iV amos!” (Se oyen risas y voces de
gente que viene acercándose).
CUARTO SOLDADO.— a Pancho– ¿Tiene rifle?
PANCHO.— niega con la cabeza— ¡Sólo machete!
TERCER SOLDADO.— ¡Otro de machete!
SOLDADO PRIMERO.— ¡En cuanto le caigamos al
64 OBRA POETICA COMPLETA
resguardo del pueblo nos equipamos!
PANCHO.— Voy a traer mi chamarra y mi alforja!
PRIMER SOLDADO.— ¡Vaya!
Va Pancho al rancho.
TERCER SOLDADO.— ¡Tráigase la guitarra, compañero!
JUANA.— ¡Nada de eso!… ¡Bonita guerra van a hacer
con guitarras y sin rifles!
TERCER SOLDADO.— No la pelee, Señora! Es para
alegrar las noches!
JUANA.— Bastante me arrancan con el Pancho! Si
no fuera porque ese Gobierno nos está robando la tierra, no
se los diera!
SEGUNDO SOLDADO.— riéndose— ¡Ya se lo traemos!
¿No ve que vamos ganando por todos lados? ya el Gobierno
está en temblores!
Voces que se acercan.
Voz que ya está muy cerca: ” ¿Qué se tienen allí?”
CUARTO SOLDADO.— Hacia la voz— Aquí hay un
voluntario liberal, Jefe!
Sale a escena el Doctor Fausto Montes, algo borracho,

con pistola al cinto, sobre-botas y un sombrero tejano con
cinta roja.
DOCTOR FAUSTO. — ¿Un liberal? ¿Quién es?
Asombro de Sebastiano y Juana.
Pancho, que en ese momento sale del rancho con su
chamarra terciada al hombro y su machete en la mano, se
queda de pronto detenido, como una estatua.
JUANA.— Llena de furia— ¿Usted?
Sale un sargento aguardentoso, de gran vocerrón y
otro soldado que se colocan junto al Doctor.
DOCTOR FAUSTO.— ¿Qué hay conmigo?
SEBASTIANO.— decidido, bronco— Dejáme hablar,
Juana!
JUANA.— como una fiera— ¿Con qué cara viene a pedirme
el hijo después que nos está robando la tierra?
DR. FAUSTO.— haciendo un gesto displicente y burlesco
con la mano ¡Yo no le estoy pidiendo nada, vieja!
SEBASTIANO.— Seco y autoritario— ¡Juana! ¡Yo soy
el hombre, dejáme a mí! (Al Doctor) A ella le guarda respeto
o se mata con este viejo que algo le queda de sangre! (Pancho
da un paso adelante amenazante). ¡Y sépalo de una vez:
aquí no hay voluntarios ni para verdes ni para rojos, porque
donde está el muerto ahí está la zopilotera!

SARGENTO. — Con voz altanera y estentórea— ¡A callarse
el mundo entero! ¡Amarren a ese jodido! (Volviéndose
al Doctor Fausto). ¡No debe dejarse vocear de ningún
carajo, Jefe!
Dos soldados caen sobre Sebastiano y dos se acercan,
un poco temerosos a Pancho, quien, cerca de la puerta
del rancho está, machete en mano, amenazante.
SOLDADO TERCERO. — ¡Bote ese machete! (Apunta
con el rifle).
Pancho lo baja muy lentamente, pero no lo suelta.
Mira con rabia impotente.
SARGENTO.— Montando el rifle y apuntando— ¡Bótelo
al suelo o me lo acuesto!
Los soldados segundo y cuarto están amarrando a
Sebastian o.
Pancho tira con furia impotente al suelo su machete.
Lo recoge el soldado tercero y lo tira lejos.
JUANA.— Que ya no puede contenerse— (Al Doctor)
¡Se ceba en los pobres, cobarde!… ¡Con un pobre viejo!
Y estos ciegos que están engordando al que les chupa
la sangre….!
SEBASTIANO.— Queriendo callarla— ¡Juana!
JUANA.— Indetenible— ¡Pues, sí! ¡Que lo oiga de
boca de mujer! ¡Que se rebaje a tocarme! ¡Después de roPOR
LOS CAMINOS VAN LOS CAMPESINOS 67
bar con los Conservadores va a robar con los Liberales!
SARGENTO.— ¡Cállese!
JUANA.— ¡No me callo! ¡Usted sabe que este hombre
es un vividor: come de los pobres y bebe del gobierno!
DR. FAUSTO.— Con risa falsa— ¡Está dolida porque
lleva perdido un pleito! ¡Estos indios caitudos quieren
siempre medrar! Pero los Liberales vamos a traer la justicia!
SOLDADO CUARTO.— Chillándole a Juana— ¡Claro,
Jodido!
SOLDADO SEGUNDO.— ¡Ahora vamos a mandar!
SEBASTIANO.— rogándole se calle— ¡Juana!
SOLDADO TERCERO.— ¡Y qué se hace con éste?
(Señala a Pancho con el rifle).
SARGENTO.— Hay que juzgarlo!
DR. FAUSTO.— No! ¡Va de rehén!
SARGENTO.— ¡Eso es! ¡Para que no hable la vieja!
DR. FAUSTO.— A Sebastiano— Aquí no ha estado
nadie. ¿Sabe? Guárdese la boca en el pueblo o no respondo
del muchacho!
SARGENTO.— ¡Vamos! ¡Adelante con el recluta!

Empiezan a salir.
SOLDADO PRIMERO.— Gritando— ¡Buscando el
monte, muchachos! ¡ Desperdíguense!
SARGENTO.— ¡Callando todos! (autoritario).
DR. FAUSTO.— a Juana ya retirándose— ¡nunca
ha hecho mejor negocio! Si anda conmigo el muchacho le
va a volver con plata! (se ríe burlescamente).
SOLDADO SEGUNDO.— burlón— ¡Cayetano la bocina,
vieja…!
SOLDADO TERCERO.— Que ha salido por la derecha,
se vuelve a escena y dice, apenas visible, al Doctor Fausto:—
¡Jefe: nos llevamos ese chancho? ¡Vamos sin porrosca!
DOCTOR FAUSTO.— ¡Arreen con todo!
SOLDADO PRIMERO.— Alegre, saliendo— ijúuuú!
(grita). ¡Viva el Partido Liberal!
FAUSTO.— A callar se ha dicho! ¡Imbécil! (Salen).
Se oyen los gruñidos desesperados del cerdo, a la derecha.
Risas… Exclamaciones.
” ¡Agarralo bien! ¡Tapale el hocico! ¡Amarralo!”
Todos han salido.
Juana, en jarras, furiosa y callada, los ve irse. Des
pués de una pausa, cuando ya no se oyen voces y queda el
silencio, ella se acerca a Sebastiano, buscando como desamarrarlo.
JUANA.— ¡Todos son iguales! ¡Todos son bandidos!
SEBASTIANO.— ¡Te ponés a jochar los perros sueltos!
¿No ves que cuando esos se sienten con un rifle en la
mano creen que tienen el poder de Dios? ¡Como nunca han
mandado ni a un perro!… ¡Soledad!! ¿De dónde salís?
Entra Soledad: pálida, rápida, nerviosa, por la derecha.
SOLEDAD. — dirigiéndose a Sebastiano, cariñosa, inquieta.
A medida que habla desplaza a Juana para desamarrar
a su padre— ¡Táta!… Estaba reprimiéndome allá, bajo el
ceibo, muriéndome de miedo! ¿Qué le hicieron? (Se arrodilla).
¡Me lo amarraron sin respetarle sus canas! ¡Ya venía
sintiendo algo malo en la tarde! ¡No sé qué! Le dije a la
Vicenta: me voy porque estoy inquieta. Y cuando llegué…
¡Dios mío!… ¡Qué nudo el que le hicieron! ¡Tráigame el
machete, máma, para cortar!
SEBASTIANO.— ¡Ya ves cómo nos van dejando!
Amarrado como San Sebastiano… Y desnudo sin un hijo.
JUANA.— Pasando el machete que está en el suelo.
Habla a torrentes, llena de furia, mientras Soledad desata
a Sebastiano. (Mímica dramática y voz alta)— ¡Me quieren
callar con el hijo. Me ponen su muerte sobre la boca,
pero hablo y aunque esté bajo tierra sigo hablando porque
esto clama al cielo. ¡Virgen Bendita! ¿Qué no hay mal
dición para los perversos?… ¡Infelices viejos que nos caen
los quebrantos como las pulgas al perro flaco! ¿Cuándo
se acabará esta tuerce? ¡Allí está mi Margarito, el inocente,
la tuerce le dobló la vida cuando mejor camino llevaba!
¿Dónde está ahora mi hijo? ¿Dónde está su Rosa en la que
él se veía?.., y allí está mi pobre Pancho, queriendo salir de
su tuerce y la va a buscar! ¡Maldito el hombre que trajo la
tuerce al rancho! Pero yo te lo digo: ese hombre me cargará
con mi lengua! ya me arrancaron un hijo y me quedé callada,
creyendo en promesas. Este no me lo roban. ¡No me cierran
la boca! Voy a ir a vender a ese bandido al Cuartel. Voy a
hacer que lo busquen con el resguardo. Voy a gritárselo a todos
los hombres del pueblo para que vayan a sacar de su cueva
al coyote! ¡Me hierbe el pecho por verlo con cuatro rifles
en frente, amarrado el vividor!, el ladrón de pobres!, el
cobarde!…
SEBASTIANO.— que ha estado oyéndola atento y
torbo, mientras lo desamarra Soledad, la detiene con un gesto
y en voz honda y despectiva— ¡Calmate que con los gritos
sólo se levantan los ecos! ¿A qué pueblo vas a recurrir?
¿Dónde está el pueblo? ¿Que no viste a Petronio, a Juan Zeledón,
a Ruperto poniéndome el fusil contra el pecho?…
¡Somos enemigos los que debíamos ser amigos… por eso hay
siempre quien nos ponga el yugo y nos haga bueyes!!
Telón.

CUADRO CUARTO
El mismo escenario. Han pasado muchos meses.
Media tarde.
Al final del cuadro se enciende un crepúsculo cárdeno.
Nota: —Del rancho hacia un arbolito del fondo (o algún poste
de cerca) colóquese en este cuadro un alambre para tender
ropa.
(Sebastiano está sólo, sentado a la puerta del rancho,
bebiendo tiste en una jícara).
Se oye lejano el canto del pájaro “Guas”. Guás,
guaás,
SEBASTIANO. — Poniendo atención al canto…—
¡Canta el guás! ¡Parece que va a cambiar el tiempo!… (Bebe
un trago. Agita la jícara. Bebe otro trago. Mira hacia el camino,
hacia la derecha y se alegra la cara: )¡ Ahí viene la
Juana! (Se bebe de un envión lo que queda, golpea la jícara
para tragarse hasta el chingaste. Se limpia la boca c on la
manga de la cotona. Pone la jícara. Y se adelanta a recibir a
Juana. Comienza a hablarle desde antes que ella aparezca en
escena)… ¿ldeay? ¿Venís cansada?… Siempre que vas al
pueblo le echás más carga a la alforja que la que podés aguantar…..
¿Te fué bien?
Entra Juana.
JUANA.— Resopla— Ya estoy sintiendo los años!
(Descarga). Pues hice todo!…
72 OBRA POETICA COMPL ETA
SEBASTIANO.— siguiéndola— Yo también! Le pasé
un fierro con el arado a la milpa. Me ayudó Josesito, el de
Juan Malespín. Ahora tenemos que ir a sembrar… ¡Buen
muchachito ése! ¡ya pudiéramos tener nietos así nosotros!…
¡Bueno, pero contame!
JUANA.— Que ya puso las alforjas y su contenido dentro
del rancho, se sopla y se sienta, fuera, en una “pata de gallina”—
Primero fuí al mercado. ¡Vieras qué cara está la
manta! ¡todo está por las nubes!… Después fuí donde don
Federico. ¡Bien me recibió!… Ahora sí, dice, que la cosa
se ha compuesto! ya llegó el yanqui a la Comandancia y está
metiendo todo en cintura!
SEBASTIANO.— sentándose, sediento de noticias-
Contámelo todo desde el principio. Todo lo que él te dijo.
JUANA.— Pues, llegué. ¿Ydeay, comadré, —me dijo—,
qué cara tan perdida!… y yo, claro, le dije cómo estábamos,
trabajando como bueyes, sin los hijos… haciéndonos ilusiones
de que volvieran porque ya terminó la guerra. Y ahí
nomás le hablé del asunto del rancho y de la tierrita porque
estábamos muy alentados con las noticias que él nos había
dado. ¿Y qué crees que me dijo?
SEBASTIANO.— ¿Ajá?
JUANA.— Que ya está en el pueblo el Doctor Montes.
SEBASTIANO.— ¿Ya volvió ese carajo?
JUANA.— Pero, poné cuidado: me dijo que él le pre
sentó el asunto al yanqui y que se puso de paro con nosotros.
¿Sabés lo que le dijo el yanqui? ¡Que es un robo!
y que él lo va a arreglar.
SEBASTIANO.— cabeceándose y dándose con las palmas
de las manos en las piernas— Lo que nosotros decíamos!
JUANA.— ¡Si es que eso clamaba al cielo!… Pero
por fin va a haber justicia!
SEBASTIANO.— Pero no me gusta que haya vuelto
ese hombre. Es intrigante, enredista. Es malo!
JUANA.— Pero don Federico dice que con la venida
de los yanquis todo esto se va a componer. Dice que la
“itervención” va a acabar con las zanganadas… Te cuento
que lo vi al yanqui cuando pasé por el cuartel. Es un hombre
colorado, pelo de chilote… blanco… ¿cómo decirte?…
parece crudo de tan blanco.
SEBASTIANO.— Ah! ¿Lo viste?
JUANA.— Si lo vi. Son tres los yanquis que están en el
pueblo. Yo creo que son hermanos. El mismo pelo, la misma
ropa. Y están haciendo marchar a los del resguardo que da risa:
tiesos, tiesos, como muñecos de palo!
SEBASTIANO.— ¡Ah, pero son soldados!
JUANA.— ¿No te digo que están en el cuartel?
SEBASTIANO.— Pero el pleito de nosotros es en el
juzgado!
JUANA.— Pero los yanquis van a meterse también con
lo del Juez. Son. marinos. Ahora que me acuerdo así me dijeron:
que son marinos!
SEBASTIANO.— ¿Marinos también?… ¡Jodido, pues
son de todo tiro!…
JUANA.— Pues dice mi compadre don Federico que
ellos van a arreglar todo. Fijate que me contó que les quitaron
los ri fles a los liberales y a los conservadores y que de
aquí pa delante ya nadie más pelea!
SEBASTIANO.— Sí! Eso ya me lo contó la otra tarde
Benito, el barbero. Y hasta me leyó el periódico donde decían
que iban a devolver a todos los soldados a sus pueblos.
¿No te conté?
JUANA.— ¡Ay! ¡Ojalá! ¡Si por lo menos uno de los
muchachos volviera…! ¡Al menos Pancho!
SEBASTIANO.— Entristecido— Sí: porque aquello
que nos dijo Juan Aguirre de Margarito… En ese encuentro
los mataron a casi todos… ¡Yo ya no me hago ilusiones con
él!… Pero ¡Pancho!… ¿A dónde habrá cogido Pancho?
JUANA.— Ese doctor Montes debe saber!
SEBASTIANO.— ¡Pero yo no le hablo!
JUANA.— Pensando. . . — ¡Tal vez por medio de
otro!. . . ¡Tal vez si le pregunta la Vicenta, la amiga de Sole
dad!
SEBASTIANO.— ¡Es buena ideal… Se lo vamos a decir
ahora que bajemos por el agua. (Se levanta).
JUANA.— deteniéndolo— Oíme. Se me quedaba contarte
lo último. El yanqui le dijo a don Federico que iba a
venir a ver la tierra con el Juez.
S EBASTIANO.— ¿A ver la tierra?
JUANA.— Sí. Eso le dijo!
SEBASTIANO.— levántándose— ¡Si la tierra allí está!
¡Nadie se la ha llevado! ¡Lo que debe verle es las uñas
al mañoso del Doctor Montes! (Se sienta). Sabés una cosa,
Juaná? ¿Vos crées que esos yanquis pueden arreglarlo
todo?
JUANA.— Don Federico dice que a eso vienen! ¿Por
que no van a poder?
SEBASTIANO.— Encogiéndose de hombros— Porque
son hombres!
JUANA.— ¡Claro que son! ¡Qué sonso que estás!
SEBASTIANO.— No es sonsera. Yo soy viejo y pienso.
¿Le podrías arreglar vos su rancho y su pleito al vecino Pedro
Potosme, que es borracho y garrotea a su mujer?
JUANA.— Yo no! ¡Yo no me meto en enredos ajenos!

SEBASTIANO.— ¿Ves? ¿Ves? y ellos se están metiendo
en enredos ajenos! ¿Qué saben los yanquis de las mañas
del doctor Montes y de las pobrezas del Sebastiano? Fijate
que ni saben hablar como nosotros! ¡Y por dónde sale el
entendimiento? ¡por la lengua! (levantándose). ¡Pero ojalá
sea cierto lo que vos decís! ¡Qué más quisiera yo! (interrumpiendo
y mirando al cielo). ¡Bueno! ¡Anda tomate tu pinol
para que nos vayamos a sembrar antes que nos coja la tarde!
JUANA.— levantándose— ¡No! ¡Mejor me lo tomo
allá! Ahorita estoy muy agitada. Vamonós!
Saca unas jícaras. Arregla alguna otra cosa. Sebastiano
mete los taburetes en el rancho y coge su sombrero
y su machete. Entre tanto sostienen el siguiente diálogo
hasta que salen:
SEBASTIANO.— Si nos dá bien la milpa podemos
comprar el otro buey. Ya con otro buey, puedo montar la
carreta y ganarme mi buena plata.
JUANA.— ¡Ah! ¡Si estuvieran los muchachos hubiéramos
podido sembrar hasta el campito de Pedro Potosme!
Lo alquila barato!
SEBASTIANO.— ¡Con sólo Pancho pudiéramos sembrar
el doble! ¡Pancho era arrecho… pero gracias a Dios
yo entoavía tengo juelgo!
JUANA.— ¡Ah! ¡Si estuviera Pancho!… ¡Pero somos
torcidos!
Cuando ya van a salir hacia la izquierda se oye de
nuevo cantar el guás:
“Guás, guaaás, guaaaaaás!!”
SEBASTIANO.— poniendo oído al canto— ¡Oí el
guás! ¡Sigue cantando! ¡Cambia el tiempo!
Sale.
JUANA.— ¡Ojalá cambiara la vida!
Salen por la izquierda.
Vacío el escenario, vuelve a escucharse el canto del,
guás:
“—Guás, guaaás, guaaaaás
(Después… pasa la sombra de un pájaro, lento, llenando
de rumor el cielo vacío).
Pausa.
Se oyen voces por la derecha.
(Dos personas que vienen conversando con cierta
violencia).
YANQUI (TENIENTE COMFORT).— Habla bastante
bien el castellano pero con acento yanqui, muy
cargado y conjugando mal los verbos.., comienza a hablar
antes de aparecer en escena:— … ¡No, doctor Montes!
¡Usted tiene que cumplir la ley!

Entra a escena.
DR. FAUSTO.— Habla despacio para hacerse entender
del teniente— ¿Pero qué ley, Teniente Comfort?
Yo tengo la ley a mi favor. Ya le he enseñado a usted mis
escrituras y el fallo del Juez, pero usted quiere hacer justicia
a su modo. ¡Eso es arbitrario!… ¡Ese viejo, Don
Federico, se le pone a llorar a usted, lágrimas de cocodrilo
por “los pobres indios”, y usted se ablanda! Pero
con lástima no se hace justicia. Yo no conozco ningún artículo
del Código que hable de lástima.
YANQUI.— Pretensioso— ¡Oh, no! ¡Nada de
lástima! ¡Yo sé mi deber!
Dicho esto avanza hacia el rancho a buscar a sus
moradores.
El Dr. Fausto se queda donde está —alejado— inquieto
y no muy seguro de ser bien recibido.
YANQUI.— Mirando si hay alguien pero sin atreverse
a entrar en el rancho. Golpea discretamente. —En
voz alta:— ¡Eh! ¡Señor! (interrogando al Dr. Fausto)
¿Cómo se llama?
DR. FAUSTO.— ¡Sebastián!
YANQUI.— ¡Oh, yes! (Vuelve a llamar en voz alta:)
¡Señor Sebastián!… ¡Buenos días! (nadie contesta) … ¡parece
no haber nadie!
DR. FAUSTO. — Se acerca un poco más confiado. Se
asoma en la puerta y como no hay nadie dice:— ¡Es lo mismo
que esté o no esté! ¿Qué puede decir a usted un indio
de éstos?
YANQUI.— ¡Usted no quiere dar oportunidad al Señor
Sebastián!
DR. FAUSTO.— Yo sé lo que le va a decir: Que esta
tierra es suya. Pero ¿dónde están sus títulos? Sus escrituras
son nu las y usted tiene que tomar en cuenta todos
esos puntos legales.
YANQUI.— Yo quiero proteger a los nativos.
DR. FAUSTO.— Pero nosotros tenemos una ley.
YANQUI.— Ustedes no conocer la justicia!
DR. FAUSTO.— Pero si usted no respeta la ley, comete
también una injusticia.
YANQUI.— ¿Yo? (hace un gesto despreciativo con
la mano y luego, golpeándose el pecho, exclama soberbio:)
¡Yo soy la ley aquí, dóctor!
DR. FAUSTO. — le mira perplejo, pero inmediatamente
cambia, se ríe con mueca falsa y se le acerca al teniente
con meloso servilismo:— Naturalmente que usted
es la Ley, querido Comandante. Pero para hacer justicia
usted debe conocer, a esta gente. ¿No vé cómo viven?…
No les importa la miseria. Si ganan cuatro reales se los
beben. Pero viven quejándose. ¡Si usted supiera lo que
uno lucha por hacerlos gentes, por ayudarlos, pero no
agradecen! ¡No les importa!
YANQUI.— Irónico— Y por eso usted les coge la
tierra, eh? (Se ríe).
DR. FAUSTO. — Exagerando su respetabilidad—
¡No, mi Teniente! Ellos la pierden porque todo lo gastan
en borracheras. Hipotecan sus tierras. No pagan. Y
después se quejan cuando pierden lo que tienen. ¡Figúrese
usted el daño que le haría a este país si en vez de
proteger a la gente que trabaja, a la gente decente, le da
la razón a los haraganes y a los borrachos! ¿Quién va a
querer entonces progresar?… Vea, Comandante… nosotros
sabemos que los Estados Unidos son un gran país y
quieren ayudar a la paz y al progreso de Nicaragua…
YANQUI.— Exacto, dóctor. Nosotros queremos
civilizarlos.
DR. FAUSTO.— ¿Ya ve usted?… Lo mismo quiero
yo con esta pobre gente. Nosotros podemos entendernos,
Comandante. Lo que pasa es que usted ha prestado oídos a
ese Don Federico que es un caudillo reaccionario. (Se le
acerca insinuante:) Vea, Comandante: Si usted se entiende
con las personas decentes del pueblo… en fin… yo no sé
sus planes… pero también nosotros tenemos deseos de ayudarle…
Aquí hay muy buenos negocios que se pueden explotar…
Lo que hacen falta son hombres con iniciativa,
hombres enérgicos como usted…
YANQUI.— Lo mira de arriba abajo irónicamente, suena
la lengua con un ruido burlesco, despectivo y haciendo
ademán con la mano dice: — ¡Oh! No se molesten por
m í!… Gracias!!! (se ríe secamente). ¡Me pagan muy bien,
dóctor!
DR. FAUSTO.— cínicamente:— ¿Usted cree que yo
quiero?… (hace gesto disimulado insinuando soborno, dinero)
… ¡No mi amigo! Yo sé que usted es justo. ¡No
mc interprete mal! ¡Yo soy un amigo de los Estados
Unidos y
Entra Soledad por la derecha, canturreando con
una batea pequeña en la cabeza y su rebozo. Al verlos,
se detiene un momento extrañada, mira a ambos, y se
dirige al rancho un poco inquieta, creyendo encontrar a
alguno de los suyos dentro.
YANQUI.— sonriendo. Inclinándose con una cortesía
postiza— ¡Buenos d ías, señorita!
SOLEDAD. — seca, huraña— ¡Buenos días!
YANQUI.— ¿Usted vive aquí, señorita?
SOLEDAD. — Sí, señor! (Está ya en la puerta del
rancho).
YANQUI.— ¿Usted hija del señor Sebastián?… Busco
al señor Sebastián!
SOLEDAD.— ¿A mi tata? (Mira hacia dentro del
rancho). No sé dónde está. Tal vez anda en la milpa…
Si quiere se lo voy a llamar.
YANQUI.— que no le aparta los ojos, sonríe afectuoso
— ¡Oh, no se moleste!

SOLEDAD.— Entrando al rancho— ¡Espéreme un
tantito!
YANQUI,— Se aparta un poco del rancho acercándose
al Dr. Fausto y saca afuera un entusiasmo picaresco
que no había mostrado. Con un gesto de marino:— ¡Bella
muchacha nativa, eh?
DR. FAUSTO.— Le mira sonriendo y se encoge de
hombros.
YANQUI.— Já! ¿Está acostumbrado a ellas, no?…
(Entusiasta) Yo mirarla en el pueblo. Muy simpática!
(cierra el ojo). ¿Se dice así: sim-pá-ti-ca?
DR. FAUSTO.— Lo mira un momento, estudiándolo.
De pronto cambia y tomándolo del brazo le pregunta en el
mismo tono de malicia: — ¿Le gusta?… Puedo dejarlo solo.
YANQUI.— Agraciado pero algo asustado— ¡No… no!
(ríe) ¡Muy niña!
DR. FAUSTO.— sabiendo lo que dice— ¿Muy niña?…
Aquí con el trópico las frutas maduran temprano! (le da con
el codo riendo). ¡Sabe más que usted de amor!
YANQUI. — aumentando su entusiasmo— ¡Oh, sí?
Fausto va a hablar cuando sale de nuevo Soledad del
rancho. Con disimulo se aparta un poco, pero Soledad después
de hablarle al yanqui, se dirige a él.
SOLEDAD. — saliendo. —Trae en la pequeña batea va
rias prendas de ropa lavada, hechas un bollo, que después colgará
del alambre a asolear: —Al yanqui:— ¡Pues si quiere
voy a llamar a mi táta!
YANQUI.— que no disimula la atracción de Soledad
sobre él— ¡No, no, señorita! ¡Puedo esperar aquí, contento!
¿Le molesta?
SOLEDAD.— arrecostada a la pared del rancho, con la
batea apretada a su vientre, sonríe y responde con mucha naturalidad
— ¡Me molesta que esté aquí ése! (Señala a Fausto
con la boca).
DR. FAUSTO.— Que estaba apartándose disimuladamente,
le vuelve el rostro— Yo?
SOLEDAD.— ¡Usted amarró a mi tata! ¡No sé a qué
vuelve aquí!
Todo este diálogo entre Soledad y el Dr. Fausto es
muy rápido y en voz grave, sin alteraciones. El yanqui parece,
por su expresión no entender bien, o querer seguir —sin
poderlo— lo que ellos dicen.
DR. FAUSTO.— aproximándose lentamente— Eso fué
cosa de la guerra, Cholita! Yo siempre te he mostrado cariño.
¡Decí que no! Pero tu máma me ha echado a todos encima
por el pleito de la tierra. ¡Yo ni interés tengo en eso, te advierto!
Pero tu máma no sabe de leyes y cree que les estoy
robando.
SOLEDAD.— sin inmutarse— Yo tampoco sé de leyes
pero sé que nos está robando.

DR. FAUSTO.— No digs eso, Cholita! El señor decía
que sos muy simpática y yo te estaba alabando pero me vas
a hacer quedar mal.
YANQUI.— ¿Cómo?… ¿Cómo?
FAUSTO.— hablando lentamente— Que usted decía
que ella es muy simpática ¿no es así?
YANQUI.— con gran gesto— ¡Oh, yes! ¡Muy linda!
SOLEDAD.— sonriendo, baja los ojos. De pronto dice
contra el doctor:— ¡Pero usted amarró a mi táta!
FAUSTO.— ¡Yo no Cholita! El Sargento Malespín
que es un bruto!
YANQUI.— Creyendo dar en el clavo, pero usando tono
de broma— ¡Oh, ella no querer al dóctor!… ¡Doctor muy
malo, eh? (le dá al doctor una palmada en el hombro, riéndose
estrepitosamente).
SOLEDAD. — Lo mira con curiosidad y sonríe– ¡De
dónde es usted?
YANQUI.— ¿Mí?… De América. A-me-ri-ca-no!
SOLEDAD. — Ingenuamente, mientras mira el sucio—
Ah! ¡Yo creí que era Yanqui!
YANQUI.— riéndose mucho— ¡Oh, si, si! ¡Mi, yanqui!
SOLEDAD.— guarda silencio y raya el suelo con el de
do del pie. Mira al yanqui inocentemente y pregunta: —
¡Cantan de otra manera los pájaros en su tierra?
YANQUI.— desconcertado— ¡Los pájaros?
SOLEDAD.— ¡Ujú!
YANQUI.— ¿Por qué?
SOLEDAD.— ¡Me imagino! (sonríe).
YANQUI.— tartamudea— No, no sé. Yo consultarlo,
sabe? (se ríe). …Y usted, usted vive aquí, ch?… Yo mirarla
en el pueblo.
SOLEDAD.— mirando el suelo, afirma con la cabeza—
Voy al pueblo con una venta para ayudarle a mi máma.
YANQUI.— ¿Tiene mucho amigo en el pueblo, eh?
¡Una muchacha bonita, muchos amigos! (se ríe).
SOLEDAD. — Sonriendo, alza el hombro coquetamente—
¡Los del gasto…! (Luego, embarazada por el diálogo,
pregunta de pronto:) ¿Y por qué no se sienta?… Voy a traerle
un taburete! (Entra al rancho a sacar un taburete. En el
momento que ella se oculta, el Dr. Fausto se acerca al Yanqui,
y cerrando un ojo con malicia le hace un gesto indicativo
de que la muchacha “vale la pena” o algo así, excitante,
a lo que el yanqui corresponde pronunciando más su infantil
entusiasmo, con risas y movimientos de exagerada alegría,
donde va perdiendo todo el revestido autoritario y el aire superior
con que aparecía en escena. Sale Soledad, casi inmediatamente
con un taburete).

SOLEDAD.— Siéntese, pues, mientras viene mi táta.
(Vuelve a coger la batea con la ropa). ¡Voy a tender esta ropa!
¡Con permiso!
YANQUI.— ¡No, no!… Prefiero conversar con usted!
Que se siente el doctor Montes… ¡Sit down, dóctor!
El doctor Fausto se sienta un poco apartado y durante
todo el tiempo mantiene un aire o una sonrisa burlesca, siguiendo
disimulada o abiertamente el diálogo del Teniente
Comfort con Soledad.
YANQUI.— mientras Soledad tiende la ropa en el alambre
y le dá la espalda, trata de abrir conversación con frases
anodinas— Muy hermosa tarde, eh? ¡Muy bello lugar,
sabe?
SOLEDAD.— Escena muda. Pone su batea en una pata
de gallina. Va sacando prendas de ropa —cotonas, pantalones,
camisolas— que extiende, sacude y cuelga del alambre.
Su actitud es de ingenua coquetería, pero de cierta inquietud,
al observar de reojo que el Teniente está pendiente de sus movimientos.
Soledad torna de la batea una pieza de ropa femenina.
La sacude y al extenderla ve que es ropa íntima y mirando
de reojo al yanqui, apenada y rápida, la apretuja nerviosamente,
la esconde entre el resto de la ropa en la batea y
toma un pantalón que cuelga en el alambre.
YANQUI. — Que ha visto la acción y el embarazo de
Soledad, ríe con escándalo, muy divertido con el suceso.
SOLEDAD.— apenada y casi sin darle el rostro le dice:
¡Perdone el irrespeto!

YANQUI.— Con gesto y mímica de cumplido galante
pero con absoluta vulgaridad:— ¡tiéndala! ¡Es una bella bandera!
SOLEDAD.— ruborizándose— ¡A mí me han enseñado
que la mujer es secreta!
YANQUI.— Entendiendo muy lentamente — Ah!…
oh!… ¡Habla usted con mucho encanto!
SOLEDAD.— Por decir algo— ¡Lo dice por reírse!
YANQUI.— ¡No, no!… Muy bello habla. Tiene lengua
muy dulce… pero difícil.
SOLEDAD.— Sonriendo— ¿La mía (Saca la lengua ingenuamente
y se ríe infantilmente del Teniente).
YANQUI.— exaltándose— ¡oh, ésa más! (la coge del
brazo). ¡Yo sería feliz con esa lengua!
SOLEDAD.— mirándolo algo desconcertada— ¡Que
ocurrencia! .
YANQUI.— más atrevido, le coge ambos brazos y le dice
apasionadamente: — ¡Me gusta usted, muchacha!
SOLEDAD.— Mira al Teniente en los ojos y comprende
como mujer; entrando desde ese momento a la defensiva, con
inquietud creciente— ¡Suélteme!
YANQUI.— Sin soltarla— ¡Oh! ¡No me tenga miedo!
Yo.

SOLEDAD.— ¡Déjeme! ¡usted también tiene moscas
en los dedos! Creí que era distinto!
YANQUI.— tratando de recuperarla— ¿Por qué dice
eso, señorita?… Yo puedo quererla
SOLEDAD.— Volviendo a desprenderse — ¡Tiene los
ojos malos! ¡Suélteme!
YANQUI.— cogiéndole de nuevo el brazo y aproxitnándole
el rostro, mientras ella rehuye— ¡Sao quiero hablarle
un poco… un poquito!… ¡Oh!… ¡No ser mala conmigo!
SOLEDAD.— renuente se aleja— No. No quiero.
YANQUI.— Sin acercársele trata de convencerla, pero
ella al final de la frase le da la espalda— Si yo le digo que
quiero llevarla conmigo… ¿Es correcto? Llevarla… ¿Sabe?…
Usted puede vestirse mejor. Yo muy complacido si puedo darle
todo. Usted me gusta mucho… ¡Oh! ¡Oigame!
SOLEDAD.— que le ha dado la espalda y está de nuevo
tendiendo nerviosamente ropa— Estoy oyendo!
YANQUI.— Volviendo a acercarse por la espalda— ¡usted
se burla de mi! (penduleando el dedo índice como un
profesor que alecciona) ¡Usted mala muchacha conmigo!…
SOLEDAD.— Se encoge de hombros.
YANQUI.— la agarra del brazo y trata de besarla.

SOLEDAD. — Lo aparta con el brazo, en un movimiento
rápido. Furiosa— ¡No! ¡Que se aparte le digo… ¡Qué se
ha creído usted? (Coge su batea y con humildad pero enojada
dice:) ¡Me voy a ir si sigue molestando!
El Dr. Fausto, dándose una palmada en la pierna se ríe.
Lo observa Soledad y se molesta más, decidiéndose a buscar
refugio en el rancho con un gesto y movimiento de impaciencia.
Y ANQUI.— riéndose apenado, protesta en falso— ¡ No;
por favor, muchacha!
SOLEDAD. — dirigiéndose al rancho. Vuelve a él el
rostro, deteniéndose un momento y con gran simplicidad le
dice: — ¡No me gusta su modo! Si yo no le conozco a usted
¿Por qué me va a estar tocando?
YANQUI. — queriendo aproximarse de nuevo pero inseguro
y apenado en su sonrisa y voz— ¡Usted muy linda….!
¿Por qué ser así… usted…?
SOLEDAD.— despectiva le vuelve la espalda— ¡Oh!
(se mete al rancho).
YANQUI.— titubea corrido, riéndose. Saca el pañuelo.
Se seca el sudor por hacer algo. Se vuelve al Doctor Fausto
que lo observa con expresión irónica y al contacto con el
Doctor hace un gesto pueril de malicia— ¡Oh, muy guapa,
pero… (hace gesto de que es difícil y se ríe secándose el sudor).
DR. FAUSTO.— lo llama con una seria para que se

aproxime. Habla en voz baja:— ¡Mi querido comandante…
muchos rodeos para tomar esa plaza!… ¡Usted no conoce a
esta gente!… Es primitiva! ¡Necesita fuerzal… Usted mucho
habla! ¡Impóngase como macho! (hace gesto y ríe).
YANQUI. — Retardado en comprender, pero al cabo se
le ilumina la cara y exclama:— ¡Oh, oh, oh? ¡Oh, yes!… TarzAn,
eh? (Poniendo en tensión el brazo hace gesto de fuerza
y de “machismo”, riéndose gozoso y cerrando el ojo como
que ha cogido el consejo).
DR. FAUSTO. — sonando los dedos— ¡Llévesela! (se
ríe despectivo).
YANQUI.— Se acerca al rancho usando gestos de película,
como cualquier marino standar que va de conquista galante.
Observa el rancho con sonrisa maliciosa y traviesa. Va
no queda nada de su aparatosa arrogancia de autoridad interventora:—
¡ Ey! ¡Muchacha!
SOLEDAD. — Asoma un poco la cara con inocente recelo.
YANQUI.— ¿Mucho miedo, muchacha? (Le sonríe
queriendo darle confianza. Hace un pequeño ruido con la boca
reconviniéndola:) ¡Th! ¡Ths!… ¡Yo ser bueno!… ¡No
hacer nada!
SOLEDAD. — da un paso, no sin temor y con inocencia,
seriamente, le advierte y al mismo tiempo ruega— ¡Ya
no me moleste!… ¡Tengo que hacer!
YANQUI.— ¡Oh, no, no!… Yo sólo mirarla.

Escena muda.
Sale Soledad y comienza a tender de nuevo la ropa.
El yanqui ya detrás, primero ritmolento, después acelerado,
cercano, tratando de “entrarle”. Soledad nerviosa no cesa
en mirar hacia él tras de cada movimiento. De pronto a Soledad
se le cae una pieza de ropa y al agacharse a recogerla,
el yanqui también lo hace; la recogen juntos y cuando ella
trata de colgarla en el alambre él le toma la mano. Soledad
instintivamente la aparta pero el yanqui se la coge con fuerza.
SOLEDAD.— retrocediendo un paso hacia la derecha
sin poder soltarse— ¡Le dije que no me molestara!
YANQUI.— Queriéndola atraer y ella, esquiva, tratando
de retroceder— Yo querer hablarle ahora.
SOLEDAD.— con movimientos bruscos por soltarse—
¡Que me deje, le digo!
YANQUI.— apretándola más— ¡Se va a hacer daño!
SOLEDAD.— luchando y retrocediendo un poco más—
¡No me importa! ¡No quiero! (Furiosa). ¡No ponga su
fuerza en los débiles!
YANQUI.— Dando paso a la brutalidad pone toda su
fuerza— ya sin control: lleno de cólera y deseo— y tira de
ella queriendo abrazarla.
SOLEDAD. — Esquiva en lo que puede el rostro cuando
trata de besarla. Hace un esfuerzo y logra retroceder, sin
soltarse, un paso más, y con el cabello revuelto le grita, for
cejeando:— ¡Si no me suelta le grito a mi tata!
YANQUI.— al oír ésto acomete con más fuerza. Están
ya por salirse de la escena. Se ve que la agarra y trata de
cargarla en brazos.
En la lucha salen de escena. A la derecha. Se oye lucha.
VOCES DE SOLEDAD:— ¡Déjeme!… ¡Déjeme, le digo!
(Grita:) Tata! Tataaal… ¡Tataaaal… ¡Ta……!
Una mano tapa su boca. Gritos ahogados. Pasos que
le alejan
Silencio.
DR. FAUSTO.— En el momento que la lucha está en
su climax se ha levantado, observando. Cuando salen de escena
se acerca al Rancho para ver desde allí lo que está pasando.
Enciende un cigarro y se ríe. La risa crece cuando
grita Soledad. Cuando los pasos se alejan y viene el silencio,
remeda al yanqui entre risas:— “Yo ser la ley aquí, dóctor!”.
. . (risa burlona.. .) ” ¡Nosotros queremos civilizarlos!”.
..
Gran risa. Se sienta en el taburete extendiendo los
pies, satisfecho… ¡Yanqui baboso!… ¡Ya sé dónde te
aprieta el zapato! (Carcajada de ironía y de triunfo, echando
la cabeza hacia atrás).
Está riéndose el Doctor Fausto, de cara al público,
cuando a su espalda, por la izquierda, entra Sebastiano, rá:
pido, receloso, inquieto y con el machete en la mano. Al ver
al Dr. Fausto riéndose se detiene un instante pero inmediatamente
avanza, ensombreciéndose su fisonomía. Cuando el
Dr. Fausto siente los pasos y vuelve el rostro cortando en seco
su risa, ya Sebastiano está cerca de él, visiblemente furioso,
interrogando:
SEBASTIANO. — ¿ Dónde está la Soledad?
DR. FAUSTO.— Da un paso atrás, hacia la puerta del
rancho, desconcertado y sin hallar qué decir.
SEBASTIANO.— Avanzando, más amenazante—
¿Dónde está la Soledad, pregunto?!
DR. FAUSTO.—No encuentra otra defensa que tomar
un aire cínico: se encoge de hombros y coloca su mano sobre
la pistola que lleva al cinto:— ¿Qué Soledad?
SEBASTIANO. — avanza tan furioso que el Dr. Fausto
retrocede en el propio umbral de la puerta del rancho— ¿Qué
hace usted aquí? ¿Dónde está la muchacha? ¡Yo la oí gritar!
¡Dígame dónde está!?
DR. FAUSTO.— Se ríe despectivamente sin apartar la
mano del revólver— ¿Me la dejó a cuidar a mí?!
SEBASTIANO.— ciego de rabia, creyendo que la muchacha
está en el rancho embiste sobre el Dr. Fausto — ¡Pues
qué hace usted aquí, jodido!
DR. FAUSTO. — quiere sacar su pistola y grita: — ¡Si
usted da un paso lo tiro!

Pero Sebastiano se ha echado sobre él, ciego de furia
y sin dejarle terminar la frase le agarra la mano de la pistola,
lo empuja y entran al rancho en lucha.
SEBASTIANO.— ¡Me va a decir dónde está! Exclamaciones.
Ruidos de lucha… Un disparo….
Un ruido de machetazo seguido de un tremendo:
” Ay!”… y alguien que cae Una pausa
y luego Sebastiano que sale, con ojos desorbitados, el
cabello revuelto, la cotona rota y ensangrentada. En la mano
lleva todavía el machete manchado de sangre. Busca a Soledad.
SEBASTIANO.— ¡Soledad!… (Grita, mirando hacia
todos lados) ¡Soledad! (Grita más fuerte, avanzando hacia
el camino) ¡Soledaaad!
Sale tambaleándose por la derecha, mientras cae el
Telón.

EPILOGO
Cuatro o cinco meses después. Sebastiano, huyendo
de la Justicia, vive en la cruda montaña. El escenario es la
NOCHE, donde los árboles, como altos perros friolentos,
tiemblan bajo la luna.
Sólo se ve una luna enorme. Y a la izquierda, al pie
de un árbol seco, un rancho cenizo, semi-derruido, dentro
del cual arde una candela o un candil.
Nota: Al final del acto despiertan las primeras luces del alba.
Sebastiano —solitario— sentado en una piedra frente
al rancho, tiene su guitarra en la mano, pero no la toca. Ya
no hay música. La canción la dice, la reza, la llora. (Es una
canción que se ha secado).
SEBASTIANO.— De dos en dos,
de diez en diez,
de cien en cien,
de mil en mil
descalzos van los campesinos
con la chamarra y el fusil…
De dos en dos los hijos han partido,
de cien en cien las madres han llorado,
de mil en mil los hombres han caído
y hecho polvo ha quedado
su sueño en la chamarra, su vida en el
(fusil…

El rancho abandonado…
la milpa sola… el frijolar quemado…
El pájaro volando
sobre la espiga muda,
y el corazón llorando
su lágrima desnuda…
De dos en dos,
de diez en diez,
de cien en cien,
de mil en mil
descalzos van los campesinos
con la chamarra y el fusil
…De dos en dos,
(Alzando de diez en diez,
gradual- de cien en cien,
mente la de mil en mil,
voz:) por los caminos van los campesinos
a la guerra civil!
Pone la guitarra lentamente en el suelo. Mira el rancho
con la cabeza entre las manos y con un tono de voz más
real —pero abatido— dice:
…Y ahora sólo quedó el Sebastiano, sin tierra, sin hijos,
sin mujer… ingrimo con su rancho; el pobre buey cansado
de mi rancho que ya se echó en la noche para siempre!…
(con gesto fatalista) ¡Una guerra se llevó todo!… (Se yergue
un poco y su voz cambia como si hablara con alguien). ¡Y la
Juana que me decía que la tuerce la endereza el hombre!…

¡La tuerce!… Yo también creí acabar con ella matando al da-
(mueve la cabeza)— pero erré el tiro! Pisé la muda y
dejé viva la serpiente… (de nuevo fatalista…) ¡Nadie puede
acabar con el ,Mal! (Pausa. De pronto con furia, poniéndose
de pie:) ¡Pero lo maté a él! ¡El me trajo la tuerce! ¡El desgració
mi pobreza! ¡Bandido!… ¡Se reía de la flaqueza, ten-I
tan do a Dios!… ¡Bien muerto estuvo!… (Dá unos pasos. Se
sienta. Y moviendo la cabeza dice con voz desilusionada:)
¡ Eso digo yo, pero erré el tiro! ¿Qué compuse con la sangre?…
¡Tener que huir de la justicia, arrastrar a la pobre Juana
a esta inclemencia, para que se consumiera la pobrecita,
para que muriera de necesidad, de pura tristeza en estos breñales!…
Ah! mi Juana!… ¡Ella sí creyó en todo!… Creyó en
los conservadores… Creyó en los liberales… Creyó en los yanquis.
Porque era fantaseosa y alegre!… Ella sostenía el rancho
con su estrella… (Con la cabeza entre las manos mira el
vacío. Recuerda. Pausa. Luego, como sacando una conclusión:)
¡Fué la guerra la tuerce! (poniéndose de pie, con los
puños cerrados y en alto, clama su furia impotente contra la
Noche:) ¡Hijueputa guerra que acaba con lo que uno quiere
y trae lo que uno maldice!… ¡Fué la Guerra la que trajo al
abogado, la que trajo al yanqui, la que trajo la robadera y la
matanza! ¡La Guerra fué la que se llevó a mi Pancho, mi mayor!
La que se llevó a Margarito! La que se llevó a la Juana!
(Se deja caer sentado en la piedra y casi sollozando, termina:)
¡La que se llevó a mi muchacha, Soledad… ¡lo que yo
más quería!…
Oculta el rostro entre sus manos y llora en silencio.
Pausa larga… Entra Soledad, de negro, envuelta en un rebozo
negro. Cansada. Envejecida. Registra en silencio las sombras
y al ver a su padre vuelve a ser, por momentos, la muchacha
de otros días: ingenua, impulsiva, cariñosa. Corre a él.

SOLEDAD. — Arrojándose a los pies de su padre: —
iTátal… ¡Mi Tatita! ¡Yo lo creía perdido!
SEBASTIANO.— Vuelve en sí, la mira con grandes ojos
asombrados, y se levanta para abrazarla, mientras le dice lleno
de ternura:— ¡Soledad!… Mi lindita!
Se abrazan de pie, apretados, adoloridos y felices.
SEBASTIANO.— Separando un poco a su hija para
mirarla mientras con sus dos manos estrecha los dos brazos de
ella— ¡Casi no le creo a mis ojos!… ¿Volviste, pues, a tu viejo?…
SOLEDAD.— ¿Dónde no los busqué, táta?… ¿Por
dónde no anduve?… (mira a su alrededor…) ¿Y mi mima?…
SEBASTIANO.— congelando su feliz sonrisa la mira
en silencio, baja la cabeza; se sienta— La pobre!… ¡Se me
apagó como una candelita de cebo!… (Pausa. Desconsola
¡Ya conoció la tierra tu madre! -do:)
SOLEDAD. — que desde el primer silencio comprende,
vuelve la cabeza —como que no quiere ver en su padre el recuerdo
de su madre— y llora calladamente.— Luego dice entre
lagrimas: — ¡Si me hubieras mandado a decir algo!
SEBASTIANO. — con gesto de impotencia— ¿Y cómo?…
¿Qué amigo le queda al que le cae la desgracia?…
(Cabisbajo…) ¡Si por vos maté!… ¡Iba corno ciego, como
loco gritándote, hasta que -la Juana me cogió de la cotona y
me arrastró a esconderme!… A huir!… ¡Cuántas noches,
POR LOS CAMINOS VAN LOS CAMPESINOS 99
cuántas!… ¡Y a quién le iba a decir nada? ¿No me anduvieron
buscando mis propios vecinos?
SOLEDAD.— sentándose cerca de él en otra piedra.
Con voz consoladora:— ¡Después ya no, táta! ¡Después supieron
lo del yanqui!
SEBASTIANO.— ardido— ¡ El te llevó!… ¡Te tuvo en
el cuartel!… Se lo gritaron a la Juana los Potosme. Ella me lo
dijo. (Rabioso) ¡Pero qué hacía yo con la fatalidad?!…
¡Desgraciado yanqui! (Bronco)
SOLEDAD.— con odio:— ¡Hizo lo que quiso conmigo!
(Silencio amargo. De pronto, en voz dura:) ¡Pero Pedro Rojas
lo matoneó!
SEBASTIANO.— con gesto de sorpresa— ¿Pedro Rojas?…
(Afirmando algo que hasta ahora acepta). ¡Te quería
a vos Pedro Rojas!
SOLEDAD.— Afirma con la cabeza y exclama con desilusión:—
Lo matoneó porque lo había jurado!… Ahora
anda huyendo. Le echaron todo el resguardo. ¡Pero no lo
agarran!… Pedro conoce la montaña!
SEBASTIANO.— ¡Pedro Rojas!… (Pausa. Reflexivo y
otra vez fatalista:) ¡Cuánta sangre ha corrido!…
SOLEDAD.— Y el pobre Pedro no sabe…. (Llora de
pronto cubriéndose el rostro con las manos…) Es horrible
que un hijo venga sin que lo llame el cariño!…
SEBASTIANO.— poniéndose de pie, abre los ojos
como que ha oído algo inesperado e increíble y en una voz
extraña y llena de perplejidad, exclama:— ¿Un hijo?… ¡Un
hijo vos?!
SOLEDAD.— que tenía el rostro cubierto con las manos,
al oír la voz de su padre y verle de pie, con un rostro extraño,
cree que está enfurecido o que va a hacerle algo. Con
voz temerosa, casi desesperada, se encoge, levanta las manos
en defensa y grita: — No me toque, tata! ¡No se eche contra
mí, que yo no tuve la culpa! ¡Yo no llamé al hijo, pero él
vino porque me lo trajo la tuerce!. . . (viendo la cara de desconcierto
de su padre, se yergue y puesta de pie dice con gesto
terminante:) ¡Pero eso ya acabó! ¡ ¡Ya acabó la tuerce!!
¡Pedro Rojas le limpió su destino!
SEBASTIANO.— mirándola fijamente. Las lágrimas
surcan sus mejillas. . . Luego, en voz resentida pero llena de
ternura, le dice: — ¿Me decís eso a mí, Soledad?. .. ¿Y qué
te voy a hacer, cuando sos mi única alegría, mi guitarra, el espejito
de mis canas, mi lumbre.. .? (la ha tomado de la mano
y ella tiernamente arrecuesta la cabeza contra su pecho).
¿No le decía la niña sol cuando estaba chiquita y me despertaba
junto con los gallos? (sonríe recordando. . .. Volviéndola
frente a sí, mientras sus manos la aprietan de los brazos.
. .) Lo que pasa es que me has hecho mirar el mundo como
si comenzara otra vez!. .. ¿Vos sabés lo que es un hijo?. .
Cuando ya el viejo Sebastiano creía que su estrella se había
apagado, la ve salir otra vez.. . — ¡Tocame!! (Le coge la mano
y se toca con ella el corazón). !Parece que me estuvieran
ladrando dentro todos los perros del albal. . . (Inspirándose.
Señalando a lo lejos su sueño). ¡Es que ya veo venir al hornbrecito..
. al último hijo del Sebastiano!. .. ¡Ese sí va a abrir
los ojos! ¡Dejalo crecer, Soledad!. . . ¡Dejalo que se haga
fuerte bajo el sol y venga con su machete a poner las cosas en
su lugar!. .. ¡Ah!. .. Entonces sí, Petronio Hernández, vas a
saber lo que es mi raza arando tras los bueyes!. .. Y vos, Pedro
Potosme, borracho que te burlabas de mis achaques vas a
ver a tu hijo dándole.los buenos días a mi hijo!. . . Porque los
va a juntar a todos, les va a sonar las campanas del cabildo:
” ¡a juntarse los pobres” va a decirles!. . . ¡Dejalo, Soledad..
vas a ver a Ruperto Meza, a Juan Zeledón, a Goyo, a Pedro
Pablo, siguiéndole los pasos, unidos todos con mi hijo, haciendo
la tierra grande!!. . . Ya lo estoy viendo… Entonces
sí que se acabaron los babosos que pelean por los de arriba!…
“Aquí no hay más que cristianos trabajando la tierra de los
pobres” ¡jay!. . . ¡Eso va a decirles tu hijo!. .. ¡Entonces,
sí!. . . (en el colmo del gozo:) ¡Qué hubiera dado la Juana
por verlo bajar al valle con su cutacha, gritando cosas nuevas!!
SOLEDAD.— Después de una pausa bronca y exaltada:
— El va a ser su venganza, táta!
SEBASTIANO.— La mira como a una extraña. Surge
algo nuevo y duro en su inteligencia que lo hace variar desde
este momento e irse encerrando en sí mismo cada vez más como
si acabara de morir y debiera enterrarse en su propio cuerpo.
Rotundo: — ¡No! (cabisbajo. . .) No le hagas caso al
viejo. . .! ¡ Estarnos locos pensando en venganzas!! (Sienta a
Soledad en la piedra y se aleja, lúgubre, unos pasos. In promtu
medio de espaldas:) ¡Soledad!. . . ¿Sabes qué?. .. ¡Andate!
(voz dura) ¡Debés irte! ¡Ya, sí! Ya!. . . No quiero
prenderme más!
SOLEDAD.— incrédula y casi burlesca— ¡Está loco
táta! ¡Qué dice!

SEBASTIANO. — volviéndose a ella con idea de convencerla
— ¡No tengo derecho a cargar al muchacho con mi
tuerce! Vos misma me lo dijiste: “ya Pedro Rojas le limpió
su destino”!… . ¡Volvete, hija!. .. Si se queda aquí va a ser
el hijo del coyote, el hijo del tigre herido acosado por los tiradores!
¿Querés que siga la cosa? ¿Querés que nazca torcido?
(con gran ternura) ¿Querés que se pierda todo lo que soñamos
tu mima y yo en cada hijo perdido!. . . (pausa breve)
¡Llevátelo aunque se me parta el alma!. . . Que no conozca
su historia, que no sepa nada, Soledad! Ya demasiado hemos
peleado por odio. Hemos matado por hombres, por tierras,
por hambre, Hasta por sueños hemos matado!. . . (Sentándose
en la piedra. . ) Tal vez un niño nos salve. . . ¡Un niño!.
. . ¡ Un niño!. . . (termina en un susurro como si la voz
se le hiciera caricia).
SOLEDAD.— Le mira incomprensiva pero triste y le
dice con ternura (pausa): —Táta: Qué es lo que está diciendo?…
¿Cómo se va a quedar solo?
SEBASTIANO.— No me quedo solo, hija! ¡No me
quedo solo! El soy yo. . . ¿no me oíste?. .. El hombre no
acaba! Pero él es un niño, un niño limpio. y yo soy un viejo.
Un viejo lleno de sangre! (Con otra voz, poemática, profética:)
¡Los viejos se quedan sentados a la orilla del mundo!
¡Los indios esperan, Soledad!
SOLEDAD. — Se ha levantado, tras una pausa, y se
acerca al Sebastiano semiarrodillándose a su lado para decirle:
— ¡No hable así táta! ¡No diga locuras! (El Sebastiano reacciona
poniendo distancia entre él y ella, levantándose. Soledad,
ocupa la piedra y sigue hablando con más fuerza: ) ¡Nadie
espera nadal. . . ¡Vámonos para otra tierra! En otra tie:
rra hay otros hombres y allí no lo conocen!
SEBASTIANO.— Deteniendo la voz de Soledad con la
mano y poniendo el oído en algo lejano. Nervioso. . . Impone
silencio: — ¡Shssst! (Escucha. Pausa. Luego en voz baja
y honda:) ¿No oís nada?. .. ¡Tengo tanto tiempo de no hablar
que me parece que nos están oyendo desde allá abajo!. . .
(Se vuelve a ella de pronto y con gesto impaciente ordena:)
¡Andate, Soledad!. . . ¡Volvete a tu rancho! ¡Esta no es vida
para un inocente!
SOLEDAD.— Renuente e incomprensiva. Con plantasón
de niña: — ¡Pues,no!. . . Mi hijo se queda aquí! Porque
es suyo y tiene que correr su suerte!
SEBASTIANO.— ¿Mi suerte? Que no me ves arruinado
y. . . temeroso? ¡Loca! (con furia) ¡Estás loca? (Extiende
el brazo, terminante; grita: ) ¡Andate ya!
SOLEDAD.— le mira como asustada, como queriendo
medir la decisión que respalda su orden. Con voz débil y de
muchachita, que hiere a Sebastiano: — ¿Quiere desprenderse
de mí?
SEBASTIANO.— contradictorio. Dá la espalda ocultando
su lucha. . . ¡Sí. .. Eso quiero!
SOLEDAD.— con la voz llena de llanto— ¿Me corre,
pues?
SEBASTIANO.— luchando siempre consigo mismo—
No, pero andate! ¡Andate ya! ¡Ya viene el alba!

SOLEDAD.— Llorando, pasando del resentimiento a
la indignación— ¡Me corre!. .. ¡Si yo se lo ví en la cara: me
corre porque le traigo un hijo del yanqui!. .. ¡No lo quiere!
(llora con la cabeza oculta entre las manos).
SEBASTIANO.— Volviéndose hacia ella porque no soporta
su dolor, pero se refrena cuando ella levanta la cabeza.
Vuelve a darle la espalda.
SOLEDAD.— Prosiguiendo —increscendo— su llanto
y su indignación:— ¡Quiere que me vayal. .. ¡Prefiere quedarse
con la muerte a tener al muchacho ajeno!. .. ¡Pero es
su sangre! ¡Es su hijo aunque no lo quiera!
SEBASTIANO.— Imponiéndose desesperadamente,
grita de espaldas:— ¡ Andate!
SOLEDAD.— Llora, grita con llanto y malacrianza:—
¡No querés a tu hija! (Llora). ¡No la querés aunque le digás
ternuras! (Se levanta gimiendo).
SEBASTIANO.— conteniéndose apenas. Saca una voz
que casi lo traiciona— ¡Andate! ¡Andate pronto! ¡Ya viene
el alba!
SOLEDAD.— suelta el llanto sin límite y comienza a
retirarse. Da un paso. Se contrae en sollozos.
SEBASTIANO.— La mira. Una fuerza tremenda y dolorosa
lo empuja hacia ella, pero se refrena y vuelve sus ojos
a la sombra, en tensión, como una estatua.
SOLEDAD.— Se detiene un momento, mira hacia su
padre esperando que rectifique, pero al verlo inmóvil, llora de
nuevo y va saliendo, hacia el fondo, lentamente entre sollozos.
A medida que ella avanza, la aurora comienza a nacer
iluminando débil y lentamente la montaña. Ritmo lentísimo.
Sale al fondo, por la derecha.
SEBASTIANO.— ¡Dios mío!. . . ¡Por fín pude! (Se
agarra el corazón lleno de dolor y se deja caer sentado en la
piedra. . .)
Ahora sí va a nacer un hombre nuevo… Ahora si!. . .
Parece que va a caer sobre sí mismo cuando baja el
Telón

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en Por los Caminos van los Campesinos

LA ENTREVISTA

Técnicas de Expresión Oral Individual – Colectiva

▼ LA ENTREVISTA

Definición
Es una forma de comunicación oral de persona a persona, o ser con
varias a la vez, que requiere la presencia física de los participantes.

Características
Los temas no suelen ser ocasionales.
EL fin es obtener información sobre algún asunto de interés.
Los temas se relacionan con los propósitos de la entrevista.

Recomendaciones
Preparar con anticipación las preguntas.
Alentar al entrevistado para que hable.
Resumir y reflejar los sentimientos expresados por el interlocutor.
Repetir palabras del entrevistado para indicarle que nos
gustaría que hablase de un punto determinado.
Pesar las alternativas, de forma que el entrevistado reflexione
acerca de su problema y llegue a una conclusión que sea
suya.
20
Tipos de Entrevista
Dirigida
Se efectúa con base en preguntas y respuestas orales
o mediante un cuestionario.
Persigue información para el entrevistador.

No dirigida
El entrevistador alienta al entrevistado a que exprese
sus propios pensamientos con gran libertad.

De presión
Se utilizan las preguntas de forma brusca a fin de
que el entrevistado se confunda y cede.

Mixta
Es la combinación de dos o más técnicas de las
antes citadas, según el objetivo que se persiga.
En el transcurso de la entrevista se deben evitar
Las preguntas indiscretas.
Los juicios prematuros.
Las discusiones.
Los consejos.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en LA ENTREVISTA

EL DIÁLOGO

TÉCNICAS DE PARTICIPACIÓN ORAL COLECTIVA

▼ EL DIÁLOGO

Definición

Conversación que realizan dos personas o más conocedoras de un tema
ante un grupo introduciéndolo a participar de forma activa. Puede adoptar la forma de una conversación sencilla o compleja, esto está en dependencia de cómo se oriente, el objetivo estriba en que se llegue a acuerdos.

Características

Es espontánea.
Se emplea el lenguaje coloquial
Se utiliza para tratar temas de la vida cotidiana, juegos,
pasatiempos, sucesos importantes, obras literarias, etc.
El tema debe ser de interés general para el grupo y no solamente para
los participantes que dirigen el dialogo.
La realizan dos personas o más ante un grupo.
Los participantes que lo dirigen no deben olvidarse del auditorio que los escucha, para que participen de forma ordenada.
Iniciar y terminar la conversación empelando fórmulas de saludo y cortesía.
Permanecer en silencio y a la escucha ante la intervención de las disertaciones.
Levantar la mano para solicitar la palabra si se quiere participar.
No hablar por hablar, ni hacerlo sin corrección, pero educadamente.
No perder la mirada en actitud de desinterés, en vez de mirar de
frente a los interlocutores.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en EL DIÁLOGO

La Oratoria

Técnicas de Expresión Oral

✎ LA ORATORIA

Definición:
Se llama oratoria al arte de hablar con elocuencia. En segundo lugar, es también un género literario formado por el discurso, la arenga, la disertación, el sermón, el panegírico, entre otras varias.

Este segundo sentido más amplio se aplica a todos los procesos literarios que están planteados o expresados con la misma finalidad y con propósito persuasivo. Esta finalidad de persuadir al destinatario es la que diferencia la oratoria de otros procesos comunicativos orales. Del mismo modo que la finalidad de la didáctica es enseñar y la de la poética deleitar, lo que pretende la oratoria es convencer de algo. La persuasión consiste en que con las razones que uno expresa oralmente se induce, mueve u obliga a otro a creer o hacer una cosa. Ahora bien, no es su única finalidad.

Objetivo:
El propósito de la oratoria pública puede ir desde transmitir información a motivar a la gente para que actúe, o simplemente relatar una historia. Los buenos oradores deberían ser capaces de cambiar las emociones de sus oyentes y no sólo informarlos. La oratoria puede ser una poderosa herramienta que se usa para propósitos tales como la motivación, influencia, persuasión, información, traducción o simple entretenimiento.
Características:
Frecuentes vocativos (llamadas de atención a quienes están escuchando el discurso: los jueces, el pueblo al que se llama «Quiritas» o ciudadanos, o bien a la misma persona a quien se acusa).
Abundante uso de preguntas retóricas.
Abundante uso de la segunda persona del singular.
Frecuentes cambios de tono, inflexiones en la voz del que está hablando, que en el texto se representan con las exclamaciones, las preguntas, los vocativos.
Subordinación abundante.
Consejos:
Antes de plantear una intervención es preciso conocer el lugar donde se va a dar la conferencia, para no dejarse llevar por las influencias del mismo. Tanto comportamiento, como presentación, ademanes, trato, lenguaje, postura, deben variar en función del recinto donde nos encontremos.
La puntualidad y la asistencia de prisa son los aspectos más importantes tanto como el hecho de apagar el móvil ante los disertores, llevar clasificados y ordenados todos los documentos necesarios, no mirar nunca al reloj, cuidar el aliento y el perfume, mirar siempre a los ojos de una persona, y mantener las formas y el tono de la voz.
Comprobar la superficie de trabajo (atril, mesa). Evite excesivos desplazamientos y realice un guion si tiene que utilizar varios soportes a la vez.
Tipos:
Según la cantidad de oradores, se clasifica en:
Oratoria individual:
Porque hace uso de la palabra, sin la participación de otra u otras personas, se dice que está utilizando la oratoria individual. Esta es quizá una de las formas elocutivas de más arraigo en el ámbito social pues es de uso obligatorio en todas las medidas y esferas donde el hombre desenvuelve su vida física, afectiva y laboral.

Oratoria grupal:
Se caracteriza por la presencia de dos o más personas en el estrado hablando.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en La Oratoria

La Charla

TÉCNICAS DE PARTICIPACIÓN ORAL INDIVIDUAL

LA CHARLA

Definición

Reunión de personas donde un expositor proporciona la
información y dialoga con el resto.

Objetivo

Transmitir información, crear un estrado mental o punto de vista.

Características

Informal
Tono de conversación
El público puede interrumpir para hacer preguntas
No debe ser leída
Normalmente el auditorio conoce algo del tema
Utilización de frases de buen humor
El expositor puede hacer preguntas al público
No debe durar más de una hora
El expositor puede desplazarse por el estrado o la sala

Organización

En algunos casos la charla no
requiere preparación escrita ya
que el público puede guiarla
con las preguntas.
El expositor puede ser presentado
al público o autopresentarse.
El desarrollo de la exposición se
hace de manera de conversación
con el auditorio.
Si no ha habido preguntas
durante la exposición, al finalizar
ésta, el expositor debe motivar al
auditorio para que las haga o
hacer él preguntas para compro
bar el grado de asimilación del
tema. Al concluir se le agradece
al público su colaboración.

Recomendaciones

Esta técnica es adecuada
cuando se trata de grupos
pequeños en que se facilita la
participación del público.
El expositor puede iniciar su
participación hacienda una
pregunta al auditorio.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en La Charla

La Importancia de las Relaciones Humanas en la Expresión Oral

EXPRESIÓN ORAL

¿QUÉ SON LAS
RELACIONES HUMANAS?

Algunos creen equivocadamente,
que un buen ambiente de relaciones humanas, es aquel en que no hay discrepancias entre
las personas y que todo marcha perfectamente.

El que este bien puede ser un “clima artificial” de hipocresía y falsedad.
Por el contrario, las auténticas relaciones humanas son aquellas en que a pesar de las divergencias lógicas entre las personas, hay un esfuerzo por lograr una atmósfera de comprensión y sincero interés en el bien común.

La manera más simple de describir las relaciones humanas son: La forma como tratamos a los demás y… cómo los demás nos
tratan a nosotros.

FACTORES QUE INTERVIENEN
EN LAS RELACIONES
HUMANAS

Respeto:

Aún cuando no se comparta un punto de
vista, conviene considerar las creencias y
sentimientos de los demás.

Usted depende de los demás y es importante
comprender y que lo comprendan.

Comprensión:

Aceptar a los demás como personas,
con sus limitaciones, necesidades individuales, derechos, características
especiales y debilidades.

La comprensión y la buena voluntad son la clave de las Relaciones Humanas

Cooperación:

Es la llave del bienestar general.
Trabajando todos por un mismo fin,
se obtienen los mejores resultados y
beneficios.

Comunicación:

Es el proceso mediante el cual
transmitimos y recibimos datos,
ideas, opiniones y actitudes para
lograr comprensión y acción.

Cortesía:

Es el trato amable y cordial, facilita el
entendimiento con los demás, permite
trabajar juntos en armonía y lograr resultados.
La cortesía cuesta poco y vale
mucho.

● Háblele a la persona amablemente, no hay nada tan
agradable como una frase alegre al saludar.
● Sonría a la gente, se necesita la acción de 25 músculos
para fruncir el ceño y solo 15 para sonreír.
● Llame a las personas por su nombre, la música más
agradable para el oído de cualquiera es el sonido de
su nombre.
● Sea agradable, amigable y cortés, si desea tener amigos.
● Sea cordial, hable y actúe como si todo lo que hiciera
fuera un placer.
● Interésese verdaderamente en las personas, puede simpatizar
con ellas y todo si se lo propone.
● Sea generoso para hacer resaltar las buenas cualidades y
cuidadoso al criticar.
● Tenga consideración hacia los sentimientos de los demás,
se lo agradecerán.
● Tome consideración a los demás, en toda controversia
hay 3 opiniones o puntos de vista: el del otro, el suyo
y el correcto.
● Esté dispuesto a prestar servicio, lo que más cuenta en
la vida, es lo que hacemos por los demás.
Inténtelo, no cuesta nada y solo obtendrá beneficios

MANDAMIENTOS DE LAS RELACIONES HUMANAS

La conversación es el medio más importante
que tenemos para comunicarnos oralmente,
por eso el respeto a las opiniones
del otro es fundamental; si no lo hago no
podré establecer un diálogo, entonces solo
escucharé mi opinión …
Escuchar es mucho más que limitarse a
captar sonidos con nuestro sentido del oído,
es más que oír. Es atender a lo que se
nos dice, interiorizarlo, comprenderlo y
traducirlo en algún tipo de respuesta: una
acción, una exclamación, una respuesta,
un sentimiento.

El saber escuchar enriquece la comunicación,
ya que nos permite apreciar los puntos
de vista de los demás y establecer un
verdadero diálogo, con intercambio de
ideas, apreciaciones y razonamientos.

Al escuchar pongo atención a mi interlocutor,
oigo lo que me dice, y lo confronto
con la expresión de sus ojos, los movimientos
de su cuerpo, de su rostro; así
completo el mensaje que él me ha querido
comunicar.

Al escuchar no miro hacia otras partes, ni
de un lado a otro; tampoco paseo mi vista
alrededor de la persona, como buscando
a otra persona.

Para Conversar…
se Necesitan por lo menos Dos

Al escuchar estoy atento a lo que se me
está diciendo, no dejo volar mi imaginación
ni mis pensamientos, me concentro
en lo que estoy y lo disfruto.

Nunca interrumpo abruptamente a
quien me habla, espero el momento
oportuno para hacerlo y me disculpo
por ello… pero es que yo también
tengo cosas importantes que decir.

Si no entiendo algo y tengo alguna
duda, pregunto, pido que me aclaren lo
que acaban de decir; así evito malos
entendidos y confusiones que podrían
afectar la relación.

Pero sobre todo, lo que dicen aquí, no
lo ando repitiendo por ahí, o sea que
no participo de chismes y rumores.

APRENDAMOS A ESCUCHAR

¡Deje hablar!
Muestre su interés al escuchar.
Elimine distracciones.

Póngase en los zapatos del otro.
Sea paciente (no interrumpa).
Controle sus emociones.
No caiga en la tentación de la crítica.
Pregunte.

Sencillez en el discurso.
Hablar en forma concisa y lógica.
Fuerza expresiva.
Considerar que el que escucha es un ser humano.

UNA BUENA EXPRESIÓN
ORAL REQUIERE DE

Escuche todo lo que la otra persona le esté comunicando
aunque le diguste.

No emita un juicio sobre el mensaje a partir de sus prejuicios o
estado emocional.

Escuche todos los puntos de vista de quienes intervengan en una
conversación o discusión.

Planifique la forma como va a comunicar algo.
No exprese una opinión si no está seguro de lo que está diciendo.

Verifique el efecto que su comunicación produce en el receptor.
Trate de ser lo más objetivo posible cuando exprese una opinión.

No exagere sus sentimientos para tratar de convencer a la otra
persona.
Considere siempre los sentimientos ajenos.
No descalifique una opinión porque no es suya.

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en La Importancia de las Relaciones Humanas en la Expresión Oral

El Protocolo

EL PROTOCOLO

Publicado en Sin categoría | Comentarios desactivados en El Protocolo